V · El Atlas

Aventhara

En Aventhara el agua no se vende, y por eso todo lo demás es carísimo. Seis ciudades, cada una dueña de un oasis que no se apaga de noche, y en cada una la misma regla de hace mil años: el agua se reparte a voz de pregón y no se cobra. Lo que se cobra es la sombra, la soga, el guía, el pienso y el sitio donde dejar la bestia, y ahí cabe todo lo que en otro sitio sería el precio del agua. El desierto no mata por sed en Aventhara. Mata por aritmética.

6 luces · 1 puerto · ninguna capital Las seis ciudades no se deben nada entre sí, y las seis compran el hierro por el mismo muelle, que no es de ninguna.
Dónde
Al sureste de Valdrinia, pasado el mar
Cómo es
Desierto cálido de duna y roca, cañones de cientos de metros, y oasis que dan luz de noche
Quién
Tribus del desierto, seis ciudades de oasis, una colonia humana en la costa y dos dragones dorados
Gobierno
Ninguno común. Cada ciudad se gobierna sola y el árbitro de última instancia es un dorado
Vive de
Especia, sal de roca, tintes, lo que aguanta la sed y lo que sale de los cañones
Le falta
Hierro y madera. No hay vena ni árbol, y entra todo por Valmeris
Estirpe
Dorada. Quedan tres en el mundo; dos aquí

La Vara

En el centro de cada oasis hay un poste de piedra con muescas, clavado en el fondo desde antes que la ciudad, y se llama la Vara. Se lee al amanecer, en voz alta y delante de quien quiera oírlo, y esa lectura fija la ración del día para personas, bestias y bancales. Quien la lee es el Medidor, que lo es de por vida, no lo hereda nadie y no puede tener camellos, pozo ni parte en caravana. La regla tiene mil años y sólo Nahareth la cumple entera.

Un Medidor que lee la Vara alta se queda sin ciudad en una Estación, porque la gente bebe de más y a la siguiente luna no hay. Uno que la lee baja, si acierta, se queda con la ciudad entera. El de Zurath lleva cuatro años leyéndola más baja de lo que está para que nadie se marche, y nadie ha ido a comprobarlo porque comprobarlo sería llamar mentiroso al único hombre del sur que sabe cuánta agua queda.

Alrededor de esa lectura está montado el resto. Tarshan cobra un derecho de sombra por bestia y noche —dos granos al que es del país, ocho al que no— y todo el mundo sabe que eso es el precio del agua con otro nombre. Nahareth cobra por guardar el grano de las otras cinco. Kesria cobra por la maroma. Ninguna cobra por beber, y las seis viven de que beber sea gratis.

Las seis luces

Seis oasis dan agua bastante para sostener una ciudad y no hay un séptimo. Hay una séptima población, Valmeris, colonia de Valdrinia en la costa, dieciocho mil almas y el único muelle del continente: ésa compra el agua en odre y no cuenta como luz.

CiudadQué la distingueQuién mandaDe qué viveAlmas
NaharethEl agua más honda y la luz más fuerte: en la plaza se lee a medianocheLa Medidora y el Consejo de los Doce PozosGuarda el grano de las otras cinco y cobra por guardarlo35.000
TarshanDonde se cruzan tres rutas. El zoco más grande del interiorLa Casa de los Cabestros: cinco maestros de caravanaDel tránsito y del derecho de sombra22.000
AmmilarHuele a tinte a media legua. Bancales de sal de roca al norteEl Gremio de la Sal, con maestro nuevo cada EstaciónSal, tintes y el acarreo a la costa14.000
SemnaraTerrazas colgadas sobre el agua. La única pimienta de cañón que se cultivaLa Cuenta de las Puertas: una voz por casa con terrazaEspecia, y plantel que vende a las otras cinco11.000
KesriaEn el filo del cañón. La más callada y la más rica por cabezaLa Junta de Sogas, que son los dueños de las maromasDe lo que sube del fondo9.000
ZurathAl sur. La luz baja un poco cada año y de eso no se hablaUn Medidor solo, sin consejo, desde hace cuarenta añosDe cabras, de cuerda y de lo que quedó6.000

De qué se come

La mayoría de la gente de Aventhara no vive en las seis ciudades: vive entre ellas, andando. Un mozo de cuerda que hace la Vuelta de las Seis Luces entera cobra seis ruedas y la comida por dos Estaciones de camino, y el que ha hecho la Vuelta completa alguna vez y puede ir delante cobra el doble. En Ammilar se corta sal a destajo y se cobra por carga puesta en el llano, no por hora; en Semnara se trabaja terraza ajena a cambio de la sexta parte de la pimienta; en Zurath se hace cuerda de pelo de cabra, que es el único oficio que queda allí. Y en Kesria se baja.

Bajar es el oficio mejor pagado y el peor: dos ruedas por descolgada al fondo del cañón, que son dos semanas de un mozo, y las paga la Junta de Sogas porque las maromas son suyas y no hay otras. Se baja a por fibra, a por planta de sombra y a por lo que hay en las paredes. De cada cien que empiezan, según la propia Junta, once siguen bajando a los diez años; el resto se ha caído, se ha ido o se ha quedado abajo.

Lo que todo el mundo tiene en común es la raíz de mercado, que se masca de la mañana a la noche, no cura nada, quita el hambre y el cansancio de un día entero de trato y se vende a grano el manojo. Una ciudad de oasis a media tarde huele a raíz mascada y a tinte.

Las rutas

Las caravanas andan de noche, porque de día no se anda, y todas tienen nombre. La Vuelta de las Seis Luces las une todas y se hace en dos Estaciones con paradas. La Cuerda Seca va derecha de Tarshan a Nahareth, cinco noches sin una luz en medio: ahorra dieciocho días y es donde se pierden las caravanas que aparecen a los años. El Camino de la Sal baja de Ammilar a Valmeris por el llano blanco y es el único que admite carro. Y la Senda del Borde sigue el filo del cañón desde Kesria, que es por donde va lo que no se pone en la factura.

A una caravana perdida la sigue a veces el Rastreador de Aventhara, el único felino que no acecha: te ve, te sigue y espera a que te canses.

Lo que entra y lo que sale

Sale especia, sal de roca, tinte, y todo lo que ayuda a aguantar la sed: la hierba que da un día sin beber, la que da tres, la que señala el agua. Y sale lo que viene del fondo de un cañón, que no se nombra en la factura y se compra barato y se vende caro.

Entra lo que aquí no hay, y aquí no hay dos cosas: hierro y madera. No se conoce una vena en todo el continente y no crece un árbol fuera del fondo de los cañones, de modo que cada reja, cada clavo, cada cuchillo y cada eje de carro de Aventhara ha entrado por el muelle de Valmeris, que es de Valdrinia. También entra la mitad larga del grano. Las seis ciudades se pasan la vida discutiendo de agua y ninguna ha dicho nunca en voz alta lo que eso significa: su independencia depende de un puerto que no es suyo, y el que lo lleva paga el agua en odre y sonríe.

El forastero

Lo primero que le pasa al que llega es que no está en la cuenta. La Vara reparte entre los que constan, y un forastero no consta: bebe porque alguien de la ciudad le cede de su ración o porque paga sombra, que es lo mismo por la vía cara. En Tarshan un hombre con dos bestias paga dieciséis granos por noche, más el pienso, y en cuatro noches se le ha ido lo que gana un mozo en una Estación.

Lo segundo es el trato. Todo se habla en voz alta, todo empieza por el triple y marcharse sin comprar no ofende a nadie; ofende preguntar el precio del agua. Y lo tercero es la noche. El calor, el frío y la sed son tres problemas distintos y no uno, y el escorpión rey entra en las botas que se dejan en el suelo, cosa que en Aventhara sabe un niño de seis años y no sabe ningún recién llegado.

Los cañones

La roca del desierto está partida en cañones que bajan cientos de metros, y abajo hay otra tierra: sombra, humedad, plantas que no crecen arriba y, en las paredes, tumbas. Nadie recuerda de quién. Las momias de Aventhara salen de ahí, y la maldición del que abre una tumba también. En los zocos no se pregunta de dónde viene una pieza; se pregunta por qué pared bajaba el que la cogió, que es otra manera de preguntar lo mismo y es la que admite respuesta.

El dorado que se calló

Cuando dos ciudades no se ponen de acuerdo en un reparto de agua, alguien va a ver a un dorado y lo que dice el dorado es lo que se hace. No pueden mentir, tardan semanas en recibir y no siempre reciben, y aun así es el único tribunal que ha tenido este continente.

Hace cuatro años Nahareth cerró sus pozos a las bestias de Tarshan, y dijo por qué: un Medidor que cobra sombra no es un Medidor. Tarshan contestó subiendo el derecho a toda caravana que hubiera abrevado en Nahareth, que son casi todas. Desde entonces se elige bando antes de cargar; Semnara y Ammilar acarrean para los dos y cobran a los dos; y por la Cuerda Seca pasa más gente de la que aguanta, porque el que la cruza no le debe nada a ninguna de las dos. En cuatro años han muerto en ella más caravaneros que en los treinta anteriores.

Las dos mandaron emisario a Isharad, el dorado que vela en un cañón a doce noches de Kesria. Lleva dos años sin recibir a ninguno de los dos, y un dorado no puede mentir pero sí puede callarse. Lo que nadie dice en el zoco es que alguien sí baja: las únicas maromas del continente son de la Junta de Sogas de Kesria, el cañón de Isharad se descuelga con maroma, y Kesria lleva tres años comprándole a Nahareth el doble de grano del que comen nueve mil personas. De las dos lecturas posibles, la del zoco es que Isharad se niega a juzgar. La que casa con el grano es que no está libre para hacerlo.

Lo que no se sabe

De quién son las tumbas. No hay pueblo en Aventhara que las reconozca como suyas, y son más viejas que las ciudades de los oasis. Alguien vivió en esos cañones antes que nadie y se enterró en las paredes.

Por qué se extinguen los dorados. Eran muchos y son tres. No se sabe si mueren de algo, si se van o si se duermen, y el único que podría contestar a eso de primera mano lleva dos años sin abrir la boca.

Y qué es la luz de los oasis. Si es aliento dorado, un día se apagará. La de Zurath ya da menos, la ciudad que vive de ella no lo dice en voz alta y su Medidor lleva cuarenta años sin consejo que le lleve la contraria.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
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