V · El Atlas

Erisia

En Erisia el tiempo no hace su trabajo. Lo que cae en el hielo sale como entró: la carne, la raíz, el barril, el hombre que se cayó por una grieta hace ochocientos años y aparece este verano con la cara que tenía. De esa sola propiedad sale el continente entero. No hay rey, no hay puerto, no hay ciudad, no hay moneda y no hay ley, y sin embargo nueve o diez barcos al año bajan dos meses al sur del mundo a comprar cosas que paran cosas, porque no se pueden comprar en ningún otro sitio. El resto es glaciar, unos dragones blancos que nadie ha contado bien y una torre en el interior que no es de cristal.

2 meses de mar abierto · 9 barcos al año · nada se pudre De los nueve, uno o dos no vuelven. Sigue saliendo a cuenta, y eso dice lo que vale la carga.
Dónde
El polo sur, pasada Zephyria. Del Abismo al hielo hay cuatro semanas, y sólo en la Cálida
Cómo es
Casquete de kilómetros de hondo, con montañas enterradas debajo. Tundra en el borde, que se deshiela dos meses. Noches de meses y días de meses
Quién
Unos dos mil doscientos cazadores en catorce campamentos que se mueven, treinta y un estudiosos en la Torre, y los blancos
Vive de
Foca, pesca bajo el hielo, ciervo de nieve, y lo que se cava debajo del glaciar para venderlo en verano
Lo sagrado
La Torre de Cristal, santuario de Arcazet en el sur. No es su lecho: el lecho está en Elvandor
Estirpe
Blanca. Los más escasos y los únicos con vínculo directo con el Torrente
Lo que no tiene
Nada escrito. Ni tratado, ni frontera, ni nombre común para la gente que vive allí

El hielo

El casquete no se acaba, y debajo hay montaña. En el borde queda una franja de tundra que se deshiela dos meses al año y se llena de aves, focas y buey lanudo; hacia dentro no hay nada, ni una hoguera en cientos de kilómetros. El sol no se pone en verano ni sale en invierno, y los que viven allí cuentan el año por el hielo y no por las Estaciones: el año empieza cuando se abre el canal de la costa y se acaba cuando cierra.

Lo que hace famoso al sitio es aburrido de explicar y por eso es cierto: hace demasiado frío para que nada se corrompa. Un cuarto de foca puesto en una fosa de hielo en el año 400 sigue siendo comida. Un barril de salazón enterrado allí y sacado dos inviernos después pesa lo mismo y sabe igual. Y un cuerpo no se deshace, con lo cual el glaciar no es un cementerio sino un archivo, y de vez en cuando suelta una página. En el interior, en lo hondo del invierno, una hoja de acero que se golpee contra la piedra se parte como una galleta.

Los de la costa

Son unos dos mil doscientos y no tienen un nombre para sí mismos que los incluya a todos: catorce campamentos que se mueven detrás de la foca y del ciervo de nieve, y el más viejo cuenta once generaciones desde que sus bisabuelos bajaron de Zephyria a por grasa y no volvieron a subir. Viven bien, que es lo que sorprende. Comen carne todo el año, no pasan hambre nunca y no tienen ninguna de las enfermedades que se cogen donde hay mucha gente junta.

En verano, dos meses, la costa tiene un mercado que no es un sitio sino una fecha. Le llaman el Varadero: una playa de guijarro sin un solo edificio donde los barcos varan sesenta días y después no queda nada, ni un poste. Allí se cambia, no se vende: la raíz y la yerba por hierro, cuerda, lona, clavo, aguja y sal, que es lo único que se paga caro porque el mar de allí no la da. Quien intente pagar con monedas se lleva la única carcajada que se oye en el continente.

Lo que se baja a buscar

Cuatro cosas, y ninguna crece en otra parte. Se han intentado tres veces en los invernaderos de Galendria y las tres han fallado, porque lo que hace falta es un glaciar encima y no se puede copiar un glaciar.

QuéQué haceLo que cuesta en Cands
La blanca de abajoNo cura la enfermedad: la para mientras se toma. Se deja y sigue donde iba. Se cava bajo el hielo, por un pozo, a oscurasNueve marcos la raíz de un palmo, que son noventa días de dosis
La yerba de arcónUn puñado por barril y la salazón aguanta dos inviernos en vez de uno. Es lo que decide un asedio, y los pagadores de las plazas fuertes lo sabenCuatro ruedas la libra. Cuarenta el mes que se declara una guerra
El sueño de témpanoDeja al que lo toma tan muerto que engaña a quien lo compruebe, y dura de ocho a treinta horas. Uno de cada nueve no despiertaDos marcos la dosis, y en Zalamar se paga el doble sin preguntar
El musgo de los dedosLo barato y lo que de verdad se usa: salva la mano congelada si se pone antes de que la piel cambie de colorUn grano el envoltorio. Va en toda bota que baje al sur

Y está lo que suelta el hielo por su cuenta, que no se cava: lo que sale de una grieta. Cuerpos enteros de cualquier siglo, y con ellos su ropa, su hierro y lo que llevaran encima, en un estado que en Valdrinia no se ve nunca. Hay coleccionistas de Cands que pagan por un cinturón sin saber de qué época es, porque nadie sabe de qué época es. Los de la costa dejan quietos a los que salen. No por respeto: algunos se levantan, y aquí no hay a quién acusar de haber levantado a un muerto, porque el hielo los suelta solos.

Cómo se sobrevive

Lo que mata en Erisia es el sudor, y no el oso ni el frío. El que se calienta andando moja la ropa por dentro y la ropa mojada se le hiela encima, y por eso los de la costa caminan despacio, paran antes de acalorarse y abren la pelliza cuesta arriba con veinte grados bajo cero. Al que baja de Valdrinia eso le parece pereza durante dos días. No hay un tercero.

Después vienen las reglas, que son pocas y todas por algo. El fuego se enciende a treinta pasos de donde se duerme, porque el gusano de hielo busca calor por dentro del glaciar y llega al que lo puso. El oso de las nieves sí sigue a un hombre, a diferencia del del bosque, porque arriba no hay nada mejor que seguir. Por encima de cierta altura no se sube, y esa altura no se ve y cambia de un año a otro. Y al interior no se va el primer verano: se pasa uno entero en la costa mirando, y el que se salta esa regla es el que no aparece. De las tripulaciones que han invernado abajo sin gente de la costa, ninguna ha invernado dos veces.

Los blancos

Los dragones blancos son los más escasos de las siete estirpes y los únicos con vínculo directo con el Torrente, y eso tiene una consecuencia que conviene saber antes de encontrarse con uno: a un hechicero que canalice a la vista de un blanco le sale más grande de lo que pidió. No es una ventaja. Un aprendiz que encienda una lámpara delante de uno quema la tienda, y el blanco se aparta sin decir nada.

Hablan, como todos los dragones de estirpe, y no son dioses ni hablan por ninguno. No cazan, o no se les ha visto cazar: nadie del hielo ha visto comer a uno. Lo que hay es una costumbre de la costa que nadie recuerda haber acordado, y es que cuando un blanco pasa por encima de una matanza se deja una parte sobre el hielo y a la mañana siguiente no está. Nadie sabe si se la lleva el blanco o el zorro.

Y hay una regla de verdad, que es la única que los catorce campamentos cumplen igual: de una grieta sobre la que se haya visto dar vueltas a un blanco no se saca nada. Se ha roto cuatro veces que se sepa. En tres de las cuatro se perdió gente, y en la cuarta no pasó nada, que es lo que hace que cada cierto tiempo alguien lo vuelva a intentar. Los blancos no prohibieron nunca nada. Sencillamente daban vueltas.

Cuántos son, no se pone nadie de acuerdo. En la Torre dicen once. Los de la costa cuentan cinco, porque sólo cuentan a los que han visto, y a uno lo conocen por separado: la Torre lo llama Arventh y en la costa le dicen la que Vuelve, por ser la única que aparece dos veces en la misma temporada.

La Torre de Cristal

En el interior, donde no vive nadie, hay una torre que las crónicas atribuyen a Arcazet. No se sabe quién la levantó ni de qué, porque el cristal no es cristal: no corta, no se astilla y está frío al tacto, y aun así dentro se está caliente, y ésa es la única razón por la que puede vivir allí una comunidad. Nadie ha explicado de dónde sale ese calor y los de dentro tampoco preguntan mucho.

Son treinta y uno, nueve de ellos humanos y el resto elfos, y en el mundo se los conoce como los teólogos de Erisia: los que llaman Alientos a lo que los hechiceros llaman hilos. Su oficio es escuchar y su trabajo es contar. Llevan un renglón al día, sin faltar uno, desde SEL 1100: qué se oye de cada uno de los siete y con qué fuerza. Quinientos cincuenta años de renglones dicen que el Torrente suena hoy como sonaba, con una diferencia tan pequeña que en la Torre se discute si es del Torrente o de sus propios oídos. Ese registro no se ha mandado nunca a Elvandor, y Elvandor no lo ha pedido nunca.

Comen porque los de la costa suben dos caravanas al año, y eso tampoco se paga en dinero. Se paga en lecturas: la Torre le dice a la costa dónde se va a abrir el hielo y por dónde no conviene andar este año, y acierta lo bastante para que catorce campamentos organicen su temporada con ello. Si eso es oír el Torrente o son cuatro siglos mirando el mismo glaciar, en la Torre lo defienden y a los cazadores les da igual. Sólo dos familias de la costa saben guiar hasta allí, y el viaje son tres semanas de ida.

Lo que no se sabe

Qué hay bajo el hielo. Montañas, dicen los cazadores. Los teólogos no lo contradicen y tampoco dicen que sean sólo montañas.

Por qué la Torre es de Arcazet si Arcazet duerme en el otro extremo del mundo. Lo que contestan allí es que el Torrente no mana sólo de la Sima Blanca, que también llega aquí, y que aquí se le oye mejor porque no hay nada más que oír. En Elvandor esa frase no se ha comentado.

Por qué algunos cuerpos que salen del hielo se levantan. En Dágata levantar a un muerto sin permiso en vida es delito. Aquí no hay a quién acusar, y a veces pasan siglos entre dos de la misma grieta.

Y cuántos blancos quedan. Once dicen unos y cinco dicen otros, y las dos cuentas llevan doscientos años sin moverse, lo cual o es una buena noticia o significa que nadie está contando de verdad. Si un día no quedara ninguno, lo sabrían en la Torre antes que nadie.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
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