VII · Lo que habita

Lo que dejó el Rojo

El borde del Erial Rojo, cortado a cuchillo. De un lado hierba; del otro, tierra que dejó de serlo.
El borde del Erial Rojo, cortado a cuchillo. De un lado hierba; del otro, tierra que dejó de serlo.

En el nordeste de Dágata hay trescientos kilómetros de tierra que dejó de ser tierra: el Erial Rojo. Toca el mar por el norte, se derrama hacia el este por encima de La Muralla, en tierra galendria, y tiene el borde cortado a cuchillo. No es un desierto: es una cicatriz, y todo lo que se sabe de él sale de una sola visita.

SEL 400 · un dragón rojo · trescientos kilómetros No vino a conquistar. Vino a buscar, y el Erial es por dónde miró.

El Rojo que Buscó

Cuatrocientos años antes de que existiera Dágata, cuando en el valle del Sagaria sólo había ciudades sueltas y los enanos de Méleni en la ladera, llegó del norte por encima del mar un dragón grande de la estirpe roja, de la sangre de Pernás, con hombres lagarto, con su propia prole y con cosas que las crónicas describen mal porque quien las vio no volvió a explicarlas bien. Las crónicas de Dágata no dicen su nombre y le llaman el Rojo que Buscó. En Galendria le dan otro, y nadie ha querido comprobar cuál es el bueno.

Buscaba la urna de Cynara, su parienta. Alguien le había dicho que estaba enterrada en el norte de Valdrinia, junto al mar, y eso explica lo único del Erial que nunca había encajado: no tiene forma de batalla, tiene forma de excavación. No hay frente, ni túmulos, ni ciudad quemada. Hay tierra que dejó de ser tierra, entrando desde la costa y subiendo hacia el este.

Cómo acabó

No se le venció. Se le convenció, y es lo que los dagatenses cuentan con orgullo y los extranjeros con incredulidad. Las ciudades del Sagaria, los enanos de Méleni —que cerraron las puertas y negociaron desde dentro— y la gente del otro lado de La Muralla pidieron ayuda arriba. Vinieron dragones plateados y dorados, y se habló en el borde mismo de la quemadura.

Un dragón dorado le dijo que la urna no estaba allí, y un dorado no puede mentir. El Rojo pesó la palabra, la dio por buena, se dio la vuelta y se fue por donde había venido. El borde del Erial es el sitio exacto donde dejó de buscar, y por eso se corta en una línea en vez de difuminarse.

Galendria cuenta otra cosa: que fueron ellos los que lo hicieron volverse. Por eso el Pacto del Río Inverso no nombra la cicatriz que comparten los dos reinos. Ninguno quiere abrir la conversación de a quién le debe qué.

Lo que salía

El Rojo se fue, y del Erial siguieron saliendo cosas. Evana Brénac rechazó hacia SEL 680 la primera incursión de la que hay registro, y ciento veinte años de incursiones sentaron a siete Casas que no se debían nada a firmar el Acta de la Fundación. Parls se levantó como fortaleza porque aquello venía hacia ellos. Y hacia SEL 850 dejó de salir. Lleva ochocientos años quieto, y nadie sabe por qué.

Lo que salía lo cuentan mal los que lo vieron, que eran pocos y volvieron menos. Las crónicas de Parls dicen que no se parecía a nada, que no buscaba pelea y que no se apartaba.

Cómo se cruza

Tres cosas, y ninguna es un monstruo.

No hay agua
Ni pozo, ni charca, ni escarcha de amanecer. Un hombre carga cuatro días de agua y no más, así que el Erial se recorre en ocho días o no se recorre: cuatro para entrar y cuatro para volver.
No hay leña
No es que escasee: no hay. De noche no se hace fuego, y esas noches son frías de verdad.
No hay por dónde orientarse
La tierra no tiene rasgos, igual que la costa que lo toca. Se entra con rumbo, se cuenta el paso y se reza, y quien ha vuelto ha vuelto porque contó bien.

Y todos los que han entrado cuentan lo mismo, y es lo que más inquieta: cuanto más adentro, más limpio está. En el borde hay huesos de árbol y piedra de cimiento. A tres días no queda ni un guijarro, «como si allí no se hubiera quemado la tierra sino quitado».

Por qué se va

Por la piedra morada. En Valdrinia no hay vena de amatista conocida, y en el Erial se encuentra amatista suelta, sin tallar, en montones. La runaria de Méleni paga lo que le pidan por ella y no pregunta de dónde viene. De los que van a por ella, unos vuelven ricos. De los que vuelven cargados, dicen en Parls, algunos cuentan que les siguieron.

La caravana de invierno lo cruza por el sur, pegada al borde, sobre una línea de varas que reponen ocho o nueve familias de Garador. No ha visto nunca nada. Las familias saben dónde no hay que meterse, y no saben por qué.

Quién lo vigila

Parls está donde acaba la costa sana. Sobre la frontera del Erial hay dos vigías, la del Humo y la Esperanza, que se ven el humo la una a la otra y dejan en medio ciento ochenta kilómetros que no mira nadie. Y existen los Pactos del Fuego entre cinco reinos, con un solo artículo: encender y contar.

Lo que no se sabe

Quién le dijo al Rojo dónde mirar. Un dragón no cruza un océano por un rumor. Alguien le dio una fuente, y ésa es la pregunta que sigue viva mil doscientos cincuenta años después.

Por qué dejó de salir. Hacia SEL 850 las incursiones pararon y no han vuelto. El Reino entero sigue organizado alrededor de un peligro que lleva ochocientos años quieto, y nadie se hace la pregunta en voz alta.

Qué hay más allá del cuarto día. Nadie ha llegado más lejos y ha vuelto. Si el centro está más limpio que el borde, alguien o algo lo está limpiando, y los ocho días de agua no dan para ir a mirarlo.

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