Umbrosia
A Umbrosia no se la nombra. En todo el oeste se dice «el este» o «el otro lado del agua», y cuando alguien menciona que un volcán ha temblado fuera de temporada, se cambia de tema. Es el continente de los esfixies, el único con un Dragón Dios despierto, y el sitio del que salió la Época Oscura entera. Lleva mil seiscientos cincuenta años sin cruzar el agua en serio, y tiene calculado cuándo lo volverá a hacer.
Pantano al norte · selva al sur · volcanes en medio · Nucro despierto Los tres biomas más ricos del mundo, juntos, y de ahí que todo el veneno del mundo venga de aquí.- Dónde
- Al nordeste de Valdrinia, al otro lado de un brazo de mar estrecho que se ve desde la costa de Aurania
- Cómo es
- Pantano de agua negra al norte, selva cerrada al sur, volcanes activos por todas partes, y cavernas hondas debajo de todo
- Quién
- Esfixies, que mandan. Elfos oscuros, que son sus socios. Orcos, goblins, ogros, trolls y muchos esclavos
- Gobierno
- El Salón Imperial de Umbrast, cinco Heresíarcas Mayores, cuatro de cinco para decidir
- Lo sagrado
- La Cueva del Velo Quieto, donde vela Nucro. El Volcán Caído, donde duerme Pernás
- Estirpe
- Negra. Los dragones negros crecen en número, y nadie sabe por qué
La tierra
Al norte, pantano: agua negra que no refleja, juncales de dos metros, islas que se mueven, y el Río Negro Volthar, donde nacieron los trolls de agua. Las Ciénagas de Vorhalek son de los trolls de pantano. Al sur, selva: tan cerrada que el suelo no ve el sol, con el Bosque Quemado de Tyrgrith, que sigue quemado. En medio, volcanes: el Volcán Mayor, sobre cuyo cráter está la capital, y la Cordillera de Khel-Drun, de donde salen los huargos y los trolls de montaña. Debajo de todo, cavernas: las de Akkareth, y las que llevan a la Sima Mayor, de la que late el Pulso.
Y en el sur, el Volcán Caído, con el cuerpo de Pernás dentro, sanando. Es el sueño más inestable de los siete: a veces el volcán despierta un momento. Todos los reinos del orden vigilan esa costa.
Las ciudades
| Ciudad | Qué es | Esfixies |
|---|---|---|
| Umbrast | La capital, redonda y en anillos sobre el cráter del Volcán Mayor. En el Interior, el Salón Imperial, las casas de los Heresíarcas y la Sima Mayor; en el Medio, las academias y el archivo del Pacto; en el Exterior, los barrios y los mercados. Fuera, los Anillos de Esclavos: treinta mil | ~8.000 |
| Sornuvor | Los archivos arcanos, la biblioteca del Velo Pleno, los criaderos de raptores. Casa Sornavar y Casa Khel'Zorad | ~4.500 |
| Khel'Veshar | La fortaleza de la frontera, la que mira al oeste. Casa Vrakhamar. El cráneo de Vargash el Cubierto | ~3.000 |
| Pyrkhar-Zoth | La ciudad templo de Pernás, con braseros que no se apagan. Casa Pyrkhar. En la Cosecha del Fuego se sacrifica esclavos | ~1.800 |
| Telhar-Sornu | La ciudad mausoleo del norte hondo | ~600 |
| Sornu-Vorak | En ruinas, al noreste. Donde se forjaron los orcos | — |
Más una docena de fortalezas templo sueltas, las siete Casas Eternas de los elfos oscuros —con la biblioteca de la Sima Negra de la Casa Vrakhar— y unas doscientas tribus de ogros libres: ochenta en el Volcán Mayor y las cordilleras, cincuenta en las selvas del sur, cuarenta en los pantanos del este y treinta en las cuevas del norte.
Quién manda
El Salón Imperial reúne a los cinco Heresíarcas Mayores, uno por Casa, y decide por cuatro de cinco, en silencio de rito, con un gesto de la mano. La paridad entre la estirpe negra y la roja no se toca: dos Casas son de la estirpe negra, y una de ellas es Telharvun, que es de Zarthax y guarda el archivo del Pacto; tres son de la roja. Que eso sea paridad lo explican los Heresíarcas y no lo entiende nadie más. Las Casas, sus ciudades y lo que hace cada una están en los esfixies.
Los elfos oscuros no son súbditos, son socios: conservan sus Casas, su religión y su mano libre a cambio de saber prohibido, y ninguna de las dos partes cree que eso vaya a durar. Todo lo demás —orcos, goblins, ogros— está debajo, y los trolls, fuera: los esfixies los excluyeron del Pacto porque no hubo manera.
Las doce Casas
Cinco Casas esfixies votan y siete Casas élficas no, y eso es todo el reparto que hay escrito. Lo que no está escrito es que el Salón decide qué se hace y la Casa Vrakhar decide cuándo. Los esfixies cuentan el tiempo por los eclipses; las tablas de eclipses se calculan en la Sima Negra desde hace ochocientos años, y las calculan elfos oscuros. Una Vigilia de Nucro, una Cosecha del Fuego y la propia convocatoria del Pacto se fechan con números que entran en Umbrast desde fuera. Nadie en el Salón sabe comprobarlos.
Aun así mandan los esfixies, y no por el voto: por la duración. Un Heresíarca Mayor se sienta tres siglos. Velthen Khel'Zorad ocupa su silla desde SEL 1396, escribió la doctrina nueva cinco años después y lleva doscientos cincuenta y cuatro años en ella; es el que más ha durado de los cinco y ya se le nota el final. Un Ulghor élfico rota cada diecinueve lunas. Cuando un Ulghor entra a negociar, el esfixie de enfrente ha negociado con once antes que él y se acuerda de lo que prometieron los once. Las siete Casas pierden los pleitos largos por cansancio, saben por qué los pierden, y siguen rotando: un Ulghor que no rotara sería un rey, y en las Casas Eternas eso no cabe.
Se compra casi todo. Noches de escalera en la Sima Mayor, que vende Sornavar. Muertes con rito, que vende Aark-Mor y que cobra en favores porque el oro no le hace falta. Esclavos domados, trolls y murciélagos, que vende Ulgharin. Copias de lo que hay en la Sima Negra, que Vrakhar vende caras y tarde y casi siempre incompletas. Y plazos de parto vencidos, que sólo compra Ulgharin porque es la única con número de sobra, y que no se pagan en oro sino en adeptos jóvenes y en el nombre de quien los vende. Se hereda el nombre, las deudas que el nombre arrastra y el sello de la Casa. No se compra una silla del Salón, y no consta que se haya vendido ninguna.
| Pleito | Quién | Qué está en juego |
|---|---|---|
| El Pleito de las Brazas abierto en SEL 1583 |
Casa Vrakhar contra Casa Sornavar | Umbrast no reconoce el fondo que un elfo oscuro haya bajado en la Sima Negra, y los Vrakhar no dejan que baje a contarlo nadie de fuera. Cuarenta y un elfos con fondo probado figuran en el archivo imperial como si no hubieran bajado nunca, y por tanto no pueden mandar sobre un hechicero esfixie |
| El Pleito de la Garra abierto en SEL 1622 |
Casa Tarrkenar contra Casa Vrakhamar | Sesenta y tres tribus de ogros del Volcán Mayor están juradas a un nombre Tarrkenar desde antes de la Tercera Guerra, y el Salón quiere el juramento puesto en Khel'Veshar. Nueve muertos en veintiocho años, los nueve declarados accidente |
| El Pleito de Bisak sin abrir |
Casa Sornelath contra Casa Khel'Zorad | Los cuatrocientos maranesh son de Khel'Zorad. Los Sornelath tienen los suyos y no los declaran, de modo que la cifra que se maneja la da quien sólo ha contado los propios. En Bisak hay dos redes que no se saludan y que han quemado cada una un enlace de la otra |
Hay un cuarto roce que nadie llama pleito porque las dos partes prefieren no nombrarlo. La Casa Nyssvael vigila los nacimientos de semielfos por la profecía, y para vigilarlos necesita el archivo del Pacto, que guarda Telharvun en Umbrast y que no se presta. Los Nyssvael llevan noventa años pidiendo copia de cuatro asientos. Telharvun no contesta que no: contesta que se está copiando.
En sentido contrario sólo corre una cosa, y es un nombre. La Casa Veladorn presta su apellido a los esfixies que considera de confianza —Ghizenar el Veladorn, Volathar Veladorn—, y quien lo lleva debe algo a una Casa que no es la suya y que no vota. Es la única palanca élfica que entra en el Interior de Umbrast sin pedir permiso, y por eso en el Salón se acepta con una sonrisa tirante y no se prohíbe.
La cuenta
En Umbrosia no hay estaciones y no puede haberlas. Bajo el Velo no se siembra, no se siega y no nieva, y un año partido por lo que hace el sol no sirve para ordenar nada. Lo que sí tienen es la luna, que no ven y cuentan igual: el sirr se toca en luna nueva mientras se leen los nombres de los caídos, y ése es el latido del que cuelga todo lo demás. La unidad es la luna, y encima de la luna no hay otra: en umbralin no existe la palabra «año». Lo más parecido es decir cuántas lunas lleva sentado un Ulghor, que son diecinueve cuando cumple —setecientos setenta y nueve días de los del oeste, algo más de dos de nuestros años—, y eso no es una unidad de tiempo: es una unidad de mando.
Y aquí está lo que un forastero tarda en entender, porque no se le ocurre que pueda ser así: no existe una fecha de Umbrosia. Cada Casa rota su Ulghor por su cuenta, así que cada Casa va por una luna distinta y ninguna empezó a contar el mismo día. Una fecha completa nombra dos cosas, la luna y la Casa, en ese orden: la séptima de Sornelath. Eso, dicho en umbralin, sitúa el día sin margen de error. Dicho en Ságata no sitúa nada.
Con siete Casas élficas corriendo cada una por su lado, alguien tiene que llevar la tabla que las cruza, y la lleva Vrakhar, que es la que calcula los eclipses. La llaman la concordancia: qué luna va cada Casa y cuánto le queda al Ulghor de cada una. Una lectura se paga, y no en monedas. De modo que la misma Casa que le dice a los esfixies cuándo es la Vigilia, y a la que nadie del Salón Imperial sabe comprobarle los números, es también la que le dice a las otras seis Casas élficas en qué día viven. Vrakhar no manda en Umbrosia y decide cuándo pasan las cosas, que a efectos prácticos se parece bastante.
Lo que esto le hace a quien viene de fuera es sencillo y caro. Una carta interceptada no viene mal fechada: viene sin fecha utilizable, y para leerla hay que averiguar primero qué Casa tenía el Ulghor y por qué luna iba. En Aurania mantienen desde hace un siglo una lista de Ulghores con sus equivalencias del oeste; va siempre corta, se paga con un hombre dentro, y aun así dos desembarcos se leyeron con ocho meses de retraso. Tampoco se arregla con una tabla buena: la luna son cuarenta y un días y cuarenta y uno no divide al año, así que la equivalencia hay que rehacerla entera cada vez. En el oeste, mientras tanto, se sigue diciendo que Umbrosia «usa nuestras Estaciones corridas cuatro puestos», que es falso y cómodo: nunca las han usado.
El Descenso
En Dágata se aprende el arte en una casa con potestad de cédula, se examina hilo por hilo y grado por grado, y el que aprueba se lleva un papel que dice lo que puede hacer y lo que no. En Umbrosia no hay papel, no hay escuela y no hay hilo que elegir. Hay una escalera cortada en la roca y una cuerda, y lo que se enseña abajo es lo contrario de lo que se enseña en Bisak. El Pulso es la única fuente que se acerca sola. De modo que no se prueba si el que baja sabe tirar. Se prueba si sabe soltar.
Hay dos escaleras y no hay más. La Escalera del Velo Pleno baja por la pared de la Sima Mayor, debajo del Interior de Umbrast, y la administra la Casa Sornavar: trescientas brazas de peldaño picado y, por debajo, nada picado. La otra es la de la Sima Negra, en la fortaleza de la Casa Vrakhar, más estrecha y más honda de lo que los Vrakhar declaran. Un esfixie no baja la Sima Negra. Un elfo oscuro no pasa de las ochenta brazas en la Sima Mayor, y ese límite lo puso el Salón en SEL 1583, que es la fecha que abre el Pleito de las Brazas.
Lo que sube por las dos simas son dos hilos y no siete: el Quieto y el Ardiente, que son los de las estirpes caídas. Los otros cinco no están ahí abajo, así que el esfixie o el elfo que quiera uno tiene que sacarlo de un libro, y los libros que sirven o son del oeste o están en la Sima Negra. De ahí que un archivo valga en Umbrosia lo que en otros sitios vale una mina.
Quién baja
Se baja por Casa, y no hay otra puerta. Un elfo oscuro se presenta a los cincuenta, con la Marca de la Sangre Compartida recién hecha y el cuello todavía en carne viva; un esfixie, después del Despertar Tardío, a los sesenta, con la espiral ya despierta. Nadie pide permiso al Salón y nadie paga matrícula, porque lo que se paga es de otra clase: la Casa que te baja se queda con lo que traigas. A un agregado de Orphos o de Fyrar lo baja la Casa que lo tiene agregado si le conviene bajarlo, y las brazas que haga se anotan a nombre de esa Casa y no del suyo. Un esfixie de Fyrar puede tocar fondo y seguir sin voto y sin nombre propio en la cuenta.
Abajo se queda solo. Lo bajan con cuerda a la profundidad que le toque, le retiran la luz y lo dejan cuatro noches, que es lo que sustituye al examen y así se llaman: las Cuatro Noches. Arriba espera un Heresíarca del Velo con la cuerda en la mano y con orden de no tirar de ella antes de tiempo aunque la oiga moverse. Se mide tres cosas y se anotan las tres: a cuántas brazas aguantó, cuántas noches, y qué trajo de vuelta. Lo que decide todo es la tercera. El que sube con más de lo que pidió no ha aprobado.
Lo que se lleva el que sube
No hay cédula, hay un corte. Al elfo oscuro las brazas se le escriben en obsidiana en la tira del cuello, junto a la casa, los honores y los pactos, y ahí está el defecto del sistema entero: la tira se hereda. Quien toma un nombre toma lo que dice el nombre, y hay nombres que dicen un fondo que nadie vivo ha vuelto a tocar. La Casa Aark-Mor lee en el Eclipse Familiar tiras de ochenta brazas que llevan doscientos años sin aceptante. Al esfixie se le calca la espiral el día que sube y el calco se archiva al lado del del sexto día, de modo que su cuenta muere con él y no engaña a nadie.
El que sube corto conserva el nombre y no llega a ninguna parte. No se le expulsa, no se le castiga y no se le vuelve a bajar: sirve en su Casa, no se sienta de Velath, no toca tablas ni archivo, envejece y se muere. Son aproximadamente la mitad, y en las siete Casas son el grueso de todo el mundo.
El que sube con la mano llena es otro problema. Baja a los cincuenta años, vuelve con una marca de Corrupción hecha y tiene por delante dos siglos de un desgaste que debería haberle empezado a los trescientos, y lo que le queda encima está en la Corrupción. A ése no se le recupera: se le usa deprisa. Va a Khel'Veshar con los Tarrkenar, o a los braseros de Pyrkhar-Zoth, o al frente que haya abierto, y en Umbrast tiene nombre corriente, los gastados. Las siete Casas producen dos o tres al año y los gastan en once o doce.
Y hay una tercera cuenta, que es la que importa. Entre las dos simas no suben tres o cuatro al año, y dos o tres de ellos son elfos oscuros de la Sima Negra. No se les busca, porque abajo no se puede bajar a buscar a nadie, y sus nombres se leen igual en el Eclipse Familiar. Contra veinticinco nacimientos élficos al año, la escalera donde se aprende a beber del Pulso se come a uno de cada ocho de los que llegan a presentarse.
Los bebedores de grieta
Fuera de las dos simas el Pulso también sale. Por las fisuras de Khel-Drun, por los respiraderos del pantano, por media docena de bocas del sur que nadie ha tapado, y cualquiera que se siente al lado el tiempo suficiente acaba bebiendo sin cuerda, sin cuenta y sin las Cuatro Noches. No hay ley contra eso y no puede haberla, porque no hay cédula que romper: lo que el orden de Dágata persigue como brujería aquí es un recurso sin dueño. Las Casas recogen al que sale bueno y lo bajan otra vez por lo derecho. Al resto lo dejan. Un bebedor de grieta dura ocho o diez años, se llena de marcas antes de saber lo que son, y para el año duodécimo ya no sirve ni de peón. En los mercados del Exterior de Umbrast se les conoce por la voz doblada y no se les compra nada.
Si no eres de Casa
Ocho mil esfixies dentro de la muralla de Umbrast y treinta mil esclavos fuera. Entre las dos cifras está todo lo demás y no hay censo de ello: goblins libres, orcos de leva, ogros que bajan a vender pieles, elfos oscuros de Casa baja, esfixies agregados, curtidores, aguadores, capataces. Nadie ha contado Umbrosia entera, y no es por desidia: contar es de Sornavar y de Telharvun, y las dos Casas cuentan lo que les sirve para mandar, que es cuántos esfixies hay y cuánta piedra sale del cráter.
Ser libre aquí no quiere decir estar protegido. Las doscientas tribus de ogros del Volcán Mayor, las cordilleras, los pantanos y las cuevas del norte son súbditas y no propiedad, y pagan el tributo en cuerpos: un número fijo por tribu, entregado antes del final del verano, y una parte de lo entregado no vuelve, porque la Cosecha del Fuego se celebra en Pyrkhar-Zoth y los braseros no se alimentan solos. Las tribus lo saben desde hace ocho mil años y eligen a quién entregan. Ese cálculo, hecho por un jefe de tribu cada verano, es la única institución de Umbrosia que no diseñó nadie.
Los agregados son la clase que el sistema fabrica sin querer. Mil esfixies con marca de Orphos o de Fyrar, dioses sin Casa, colocados de por vida en casa ajena: comen bien, visten gris sin ribete, viven quinientos años y no deciden nada. Entre los elfos oscuros la figura equivalente es el Aen-Sse, el siervo de sangre baja, que va tapado hasta la barbilla porque no tiene cicatrices que enseñar. Y hay una tercera clase de la que se habla poco: las Casas bajas con sangre esfixie, de pelo negro azulado con reflejos rojos, a las que la Casa Ulgharin apunta entre los suyos porque necesita el número y porque nadie le va a discutir un número.
Los esclavos son propiedad, y la propiedad es casi siempre de Ulgharin, que doma, cría y vende. Hablan el sornu-khar simple, trescientas palabras de mando, y el que aprende el verdadero ha cometido una falta y lo sabe antes de abrir la boca. No hay manumisión, ni compra de la propia libertad, ni plazo cumplido: se cambia de dueño y no de condición. No hay nicho tampoco. Al esclavo muerto se le echa al cráter, y en los Anillos eso se cuenta a los niños como si fuera el entierro.
Hay una salida y no es una salida. Ulgharin baja esclavos por las grietas para ver quién sube con algo, porque un esclavo que bebe vale por veinte que no y uno que no vuelve no cuesta nada. No los baja por la Escalera del Velo Pleno, que es de Sornavar y tiene registro, sino por las bocas sueltas de Khel-Drun. Del último lote de sesenta subieron dos, y de los dos sirvió uno, que ahora lleva collar de plata y cuenta en el inventario de la Casa como pieza y no como persona. Los otros cincuenta y ocho no figuran en ningún sitio porque un esclavo muerto no se anota, y por eso la cifra de treinta mil de los Anillos es la de los vivos de este año y no la de nadie más.
Un caso raro y vale la pena decirlo. Un orco nace con el don una vez cada cinco mil, y en el oeste eso significa que ninguna escuela lo admite. Aquí se lo lleva la Casa Tarrkenar en cuanto se le nota, se le enseña lo justo y se le pone delante de una horda, porque un orco que canaliza vale como oficial. Es lo mejor que le puede pasar a un orco de Umbrosia y es también lo que menos le dura.
Lo que se mueve
Por mar hacia el oeste no se mueve casi nada que se vea. Lo que se mueve no se ve: unos cuatrocientos maranesh, servidores de otros pueblos adoctrinados y colocados en las ciudades del orden, y un cuartel de la Casa Khel'Zorad escondido en Bisak. Ver un esfixie al oeste del agua no es un encuentro: es noticia de Estado.
Lo que sale de Umbrosia hacia fuera es veneno, sobre todo: selva, pantano y volcán dan las plantas más peligrosas del mundo, y llegan de contrabando. Su precio de verdad no es el de ningún mercado: es el de Optima.
La resta
Umbrosia se está apagando por arriba. No en los pantanos, donde sobran trolls, ni en las cordilleras, donde los ogros no han dejado de crecer nunca: se apaga en las doce Casas que mandan, y la cuenta la lleva desde hace ochocientos años la Casa Vrakhar, en la misma sala donde calcula los eclipses, y no la publica.
Los números élficos son los peores. Las siete Casas juntas anotan veinticinco nacimientos en un año bueno y entierran treinta o treinta y cinco, y de esos treinta o treinta y cinco, tres o cuatro no han salido de la sima y no llegaron a servir para nada. Cinco o diez menos cada año, un año detrás de otro. Los esfixies están mejor y no por mucho: el Salón concede cada año tantos permisos de unión como muertes hubo el anterior, y diez de más, y esos diez son todo lo que el pueblo ha crecido desde la Gran Invasión, de doce mil entonces a veintiséis mil ahora. Mil cuatrocientos años para catorce mil esfixies.
Las siete Casas llevan doscientos treinta y dos años empujando ese número por el único sitio por donde se puede empujar. Desde SEL 1418 una elfa oscura de Casa no decide si tiene hijos, ni cuántos, ni con quién. La Casa Vrakhar propone los emparejamientos leyendo tiras de piel, los Heresíarcas del Velo llevan el registro de quién puede concebir y en qué década, y el plazo son doce años contados desde que los dos nombres se leen en voz alta en un Eclipse Familiar. A la que lo deja vencer le quitan la silla, la escalera y una cicatriz del cuello delante de la Casa entera; y como la tira del cuello se hereda, se queda en vida convertida en un nombre que ya no va a aceptar nadie. Hay tres salidas y las tres se pagan por delante, y la que más se usa es pedir la cuerda y bajar la Sima Negra fuera de turno, porque la sima cancela el número de las dos maneras en que puede acabar. Está por menudo en los elfos oscuros.
Lo interesante desde fuera es quién lo administra. Los Vrakhar hacen las dos cosas: restan y emparejan. La Casa que dice cuántos faltan es la misma que dice quién los pone, y en doscientos treinta y dos años ninguna de las otras seis lo ha planteado en voz alta, porque plantearlo obligaría a pedir las tablas y las tablas son de Vrakhar. El resultado está medido: la media anual pasó de veintidós nacimientos a veinticinco, y los tres de diferencia son lo que queda después de descontar las uniones negociadas que el registro se come, porque un cuerpo ya comprometido no está libre para pactarse. Tres al año contra treinta o treinta y cinco muertos. La obligación no sigue en pie porque funcione, sino porque retirarla sería una decisión y ningún Ulghor que rota cada diecinueve lunas va a ser el que firme que su Casa deja de intentarlo.
Puesto en la fecha que les importa, el resultado es éste. De aquí a la convocatoria de SEL 1730 quedan ochenta años, y ochenta años dan ochocientos esfixies más y unos seiscientos elfos oscuros menos. Eso no es un ejército. Ni siquiera es un relevo.
Se ve a simple vista, si uno sabe dónde mirar. Telhar-Sornu, la ciudad mausoleo del norte hondo, tiene seiscientos esfixies vivos y nichos abiertos para muchos más, y los sigue abriendo. La docena de fortalezas templo sueltas por el continente están a media dotación desde la Tercera Guerra y las guarniciones se completan con orcos. La Casa Aark-Mor arrastra diecinueve nombres vacantes, más que ninguna otra, porque el oficio que tiene se cobra a los suyos. Y la única Casa élfica que en doscientos años no ha perdido terreno es Ulgharin, que cuenta entre los suyos a los mestizos de sangre esfixie, de modo que no ha ganado nada: ha cambiado quién entra en la suma.
Lo que crece es todo lo demás. Orcos, goblins, ogros, esclavos, y los dragones negros, que crecen sin que nadie sepa por qué. Umbrosia va camino de ser un continente de orcos gobernado por dos aristocracias que se encogen, y las dos lo han entendido antes que sus enemigos. La doctrina de la infiltración no salió de ninguna astucia. Salió de esta resta. Ya no atacarán en olas que oscurecen el cielo porque no tienen con qué hacer una ola, y lo que vayan a hacer en SEL 1730 lo harán con orcos, con maranesh y con gente del oeste que no sabe todavía que está dentro.
El Salón pregunta por la cuenta una vez por siglo. Los Vrakhar contestan con un número redondeado hacia arriba y con la fecha del eclipse siguiente, que es lo que el Salón quería de verdad, y la sesión se levanta en silencio de rito.
Lo que quieren
Volver, y no como antes. La próxima convocatoria del Pacto está calculada para SEL 1730, dentro de ochenta años, y en Umbrosia la llaman ya la Cuarta Guerra. La doctrina cambió después de la derrota:
Ya no atacaremos como hace mil cuatrocientos años, en olas que oscurecían el cielo. Nos verán sólo cuando ya estemos dentro.
Cómo se llega, si alguien quiere
No se va. Los barcos del orden no cruzan el brazo de mar salvo en guerra, y los que cruzan sin guerra son de contrabandistas que no dicen dónde tocan tierra. Aurania mira la costa de enfrente todos los días del año. Un grupo del oeste que pusiera el pie en Umbrosia sería el primero en mucho tiempo en hacerlo y volver, y lo que encontraría antes que a un esfixie sería el pantano.
Lo que no se sabe
Qué quiere Nucro. Lleva nueve mil seiscientos años despierto en su cueva sin romper el Acuerdo. Los esfixies que lo veneran dicen que espera; los que lo desprecian, que se ha rendido. Los que han estado cerca de la Cueva del Velo Quieto no dicen nada.
Por qué crecen los dragones negros. Es la amenaza que más preocupa en Aurania y la que menos se entiende. Nadie sabe si los cría alguien.
Cuántos elfos oscuros quedan. La resta de los Vrakhar lleva ochocientos años corriendo y nunca se ha enseñado entera, ni al Salón. Los pocos que han visto las tablas dicen que las siete Casas fueron el doble de lo que son, y no se ponen de acuerdo en cuándo.
Y qué pasa en el Volcán Caído cuando despierta un momento. Los que viven cerca de Pyrkhar-Zoth lo celebran. Los que viven lejos de Pyrkhar-Zoth cambian de tema.