La vida diaria
Lo que se come, lo que se bebe, lo que se lleva puesto, cómo se nace, se casa y se muere, quién sabe leer, quién cura y qué se celebra. Nueve de cada diez dagatenses viven del campo, y esto es lo que viven.
Cómo se viste
1 · La ley que no existe
En casi todos los reinos vecinos hay pragmática de vestir: una ley que dice quién puede llevar seda, quién puede llevar armiño y a quién le cortan la manga por ponerse lo que no le toca. Norvia tiene tres. Galendria las derogó y presume de ello.
En Dágata no hay ninguna, y nunca la ha habido.
Lo cual produce la escena que un forastero de Norvia no entiende y que en Dágata pasa todas las semanas: en una calle de Cands, el que va mejor vestido es el armador, y el noble va detrás.
2 · Entonces cómo se distingue a un noble
Por tres cosas, y ninguna es la tela.
El acero. La hoja es licencia personal del Rey. Llevar espada al cinto por la calle, en una ciudad, sin ser guardia ni soldado de servicio, es de las poquísimas cosas en Dágata que el dinero no compra: hay que tenerla dada. La ropa no dice quién eres. El acero sí. Un armador rico con veinte botones de plata y sin hoja es exactamente lo que parece, y él lo sabe mejor que nadie.
El corte. El burgués lleva ropa bien hecha; el noble lleva ropa hecha para él, y a los catorce años ya le han tomado medidas doce veces. La diferencia se ve en el hombro y en la sisa, y se ve a diez pasos si sabes mirar. Es la única distinción de clase de Dágata que no se puede comprar en una tarde: se compra en veinte años de sastre.
Y la mano izquierda. Un noble de casa condal lleva anillo de sello, porque lo necesita para sellar. Un burgués con anillo de sello lleva el de su gremio, que es de otra forma y todo el mundo distingue. Falsificar el primero es delito contra la fe pública y falsificar el segundo es peor, porque el libro del gremio hace prueba en juicio.
Lo que no distingue: el emblema. En Dágata el emblema va en el estandarte y no en el hombre, así que nadie va por la calle con su blasón bordado en el pecho. El único que lleva encima el escudo del Reino es un Guardia Real, y por eso un guardia de permiso en una taberna es la cosa más mirada de la sala.
3 · El pardo, y por qué
Dágata es un reino de lana sin teñir, y no por gusto: el tinte cuesta. Un ejército dagatense es de color pardo y una calle dagatense también.
Por eso el color, aquí, es dinero visible y se lee como tal.
| Color | Qué cuesta | Quién lo lleva |
|---|---|---|
| Pardo, crudo, gris | nada | todo el mundo |
| Azul de glasto | poco | el que quiere que se note que puede algo |
| Amarillo, verde de hoja | poco | fiesta, y las mangas nada más |
| Rojo de rubia | bastante | burguesía acomodada |
| Negro de verdad ⟨no gris oscuro⟩ | mucho, tres pasadas de tinte | Cands y el dinero nuevo |
| Escarlata de grana | muchísimo | la Legión, y quien pueda pagarse el capricho |
| Púrpura | no existe aquí | se compra fuera, y se sabe de quién es |
El negro es el color de moda en 850, y es un dato político disfrazado de moda: teñir de negro bien —que no tire a verde a los dos meses— es caro y difícil, y quien lo lleva está diciendo que se lo puede permitir sin necesitar que le pregunten. Lo puso de moda Cands hace quince años. En Llágata lo consideran ordinario y lo llevan igual.
4 · El botón
La prenda ha cambiado más en los últimos ochenta años que en los cuatrocientos anteriores, y la causa es una pieza de metal del tamaño de una uña.
Hasta hace tres generaciones la ropa era holgada y atada: se metía por la cabeza y se ceñía con cinturón. Con el botón de metal —que es de Méleni, porque el metal es de Méleni— la ropa pasa a ser ajustada y abotonada, se corta al cuerpo, y de golpe la silueta dice algo que antes no decía.
Y aquí está la gracia dagatense del asunto: un botón es acero o latón que no sirve para nada. Una hilera de veinte botones es la manera más barata de enseñar que puedes desperdiciar metal, en un reino que funde noventa toneladas de acero bueno al año y las necesita todas.
De modo que se ha invertido lo que uno esperaría. El burgués lleva veinte botones y el conde lleva seis, porque el conde no tiene nada que demostrar y el burgués sí. Un noble arruinado con dieciocho botones de plata en la casaca es un tipo de personaje que en Dágata se reconoce a la primera, y del que se ríen en cuanto sale de la habitación.
5 · Qué lleva puesto la gente
El obligado del campo, que son dos de cada tres dagatenses: sayo de lana cruda hasta la rodilla, calzas, capucha suelta, cinturón de cuero y zuecos, con zapato para la fiesta. Una muda entera cuesta un ochavo, o sea tres jornales, y dura tres años. Se hereda hacia abajo y se remienda hasta que es más remiendo que paño.
El artesano de ciudad: jubón abotonado, calzas de dos colores si es joven, sombrero. Doce granos al día, así que se compra ropa nueva y no le da vergüenza.
El burgués: casaca larga hasta media pierna, forrada, botones, sombrero de fieltro con ala, y la pieza que de verdad importa, la bolsa a la vista — colgada del cinturón, bordada, para que se vea que la hay. En Cands se ha vuelto tan ostentosa que es una broma.
El conde: lo mismo pero cortado a medida y con menos adornos. Y la hopalanda para el protocolo, que es una prenda enorme, pesada, incómoda y arcaica, que se pone para sentarse en el Salón o en un tribunal y no para andar. Nadie la lleva por gusto. Es exactamente lo que parece: una manera de estar quieto.
La mujer: la misma escala. Saya y toca en el campo; brial ajustado, mangas postizas y cofia en la ciudad. La pieza de dinero es la manga, que va aparte, se cambia y se hereda: unas mangas buenas son el regalo de boda de una familia de artesanos, y valen más que el vestido.
Y una cosa que no distingue clase ninguna: casi todo el mundo en Dágata lleva algo atado en el antebrazo izquierdo. Cinta, correa, tira de paño. Viene de la banda de la hueste, que se ata en el brazo izquierdo y se devuelve al licenciarse, y se ha quedado como costumbre en gente que no ha ido nunca. Los galendrinos lo encuentran ridículo y a los dagatenses no se les había ocurrido que fuera raro.
6 · A diez pasos
oírle hablar.
El dagatense va de pardo, con capucha suelta echada a la espalda, algo atado en el antebrazo izquierdo y el pelo largo si es hombre. Si es de Parls, capote. Si es de Cands, negro y botones.
El galendrino va teñido —la república tiene tintorerías y presume—, con prenda corta hasta la cadera, gorro y no capucha, y hebillas en vez de nudos en todas partes. Y afeitado: en Galendria la barba es de campesino y en Dágata no significa nada.
El enano de Méleni fuera de casa se distingue por el cuero, no por la estatura: viste cuero grueso donde los humanos visten paño, porque bajo tierra el paño se pudre.
El silvano de los Claros lleva ropa dagatense y la lleva mal, a propósito: sin abotonar y sin ceñir. Llevan ochocientos años dejando claro con la ropa que están aquí de paso.
La mesa y la bodega
1 · Lo que come todo el mundo
Nueve de cada diez dagatenses comen lo mismo todos los días de su vida, y conviene decirlo antes que las especialidades para no describir un reino de gourmets que no existe.
Pan, y mucho. Kilo y pico por adulto y día. Un pan de dos libras cuesta un grano y un peón gana tres: un tercio del jornal se va en pan. Ésa es la cifra que gobierna la política del Reino más que ninguna otra, y es por lo que la Era de Íbeca fija el precio y por lo que la Ley de Portes se vota.
Y con el pan, la olla. Legumbre, berza, cebolla, un hueso si hay, y el tocino los domingos. Se cuece por la mañana y se come dos veces. La carne fresca es de fiesta y no de semana: la gallina son tres granos, un día entero de peón.
Lo que cambia de un ducado a otro no es el sistema —pan y olla en los siete— sino de qué es el pan, y eso sí se nota a la primera.
| Ducado | El pan | Se nota en |
|---|---|---|
| Llágata | trigo de Íbeca, blanco | que es el único sitio donde el pan de pobre es blanco |
| Ságata | trigo y centeno mezclados | pan de dos días, denso, bueno para sopa |
| Parls | centeno de secano, oscuro | pan de hogaza grande que dura una semana |
| Cands | trigo comprado y galleta | la galleta de barco se come en tierra por costumbre |
| Bisak | trigo y cebada | pan plano de horno de villa |
| Sálama | cebada y algarroba | el pan más pobre del Reino, y lo saben |
| Méleni | pan de bellota y de raíz, poco | los enanos comen menos pan que nadie |
Se sabe en qué ducado estás por el pan antes que por el acento.
2 · Ducado por ducado
Llágata · lo que come la corte y lo que come Íbeca
La sopa de pan blanco de la vega: pan del día, ajo, aceite, un huevo escalfado y una vuelta de vino de la casa. Es comida de pobre hecha con material de rico, y por eso se come igual en el palacio que en la calle. El plato más dagatense que hay.
El pescado de lago de Lakme: lucio y anguila, y la anguila ahumada sobre sarmiento es el artículo caro. Se manda a la mesa del Salón de los Siete Tronos, es lo que ofrece la Duquesa cuando recibe, y cuesta lo mismo que hace ochenta años porque nadie se atreve a subirlo.
Y el conejo de Utum a la cazuela de barro, que sabe distinto en Utum y en ningún otro sitio, y la razón es la arcilla: la cazuela de Utum es porosa y la de fuera no. Se venden por decenas en las ferias y no aguantan el viaje.
Ságata · lo del centro, con caballo
El estofado de buey y castaña de Kórnik. El plato de invierno del ducado central. Lleva castaña del robledal, cebolla y una hora larga.
La cecina de Neviv, y aquí hay que decirlo: es de caballo. Es la única cecina de caballo del Reino, sale de la yeguada cuando un animal ya no sirve, y en Llágata y en Cands se considera de mal gusto comerla. En Ságata no se disculpan. Un forastero que la rechaza en una mesa de Neviv acaba de decir algo sin querer.
La sopa de piedra de Turil, que se llama así por la broma y lleva pan, tocino y la piedra de moler caliente dentro para que no se enfríe. Es comida de cantera.
Parls · lo que se come cuando hace frío de verdad
La olla de Garador, con vacuno, nabo y col, cocida ocho horas. Es la comida más contundente del Reino y es lo que se le da a un hombre que va a estar fuera todo el día.
El sábalo del delta en salazón, que se come todo el año y no gusta a nadie de fuera.
Y la carne helada. Sube por el Erial con la caravana de Norvia cada invierno: carne congelada en el cruce y luego oreada, con un sabor que en Dágata no existía. En Garador aprendieron a hacerla ellos hace cuarenta años aprovechando el frío del Erial, y ahora es de Garador aunque no lo sea. Ver §5.
Méleni · la única cocina de verdad distinta
Bajo tierra no crece nada verde, así que la cocina enana se construyó sobre otras tres cosas. la seta de galería, la cabra de la pradera de arriba y la conserva.
La seta grande de la Veta Roja se cría en las galerías muertas, sobre madera podrida y a oscuras. Sabe a carne y engaña a cualquiera. Es el ingrediente que Méleni exporta y de lo poco de allí que un humano puede pagar.
La cabra en su grasa, cocida y sellada en tarro, que dura tres años. Un tarro es lo que una casa enana le da a un hijo que se va, y regalarlo a un forastero significa bastante más de lo que el forastero suele entender.
Y no hay postre. En la cocina enana no existe el dulce como final: el azúcar se toma con la cerveza, en la misma jarra, y a los humanos les parece asqueroso.
Cands · el mar y lo que llega del otro lado
El pescado salado de la costa, que es la exportación y la comida diaria. Bacalao y congrio.
La ballena de Ondara, tres meses al año. Se come fresca sólo en la costa —no viaja— y en Ondara se hace a la brasa con pez y romero, que suena mal y es de lo mejor que se come en el Reino. Cuando hay ballena, en Ondara no se trabaja.
El caldero de a bordo, que es lo que come una tripulación: pescado, galleta y lo que haya. Y por él llegó lo que ha cambiado más la cocina dagatense en cien años: ver §5.
Bisak · comida de gente sentada
El ducado académico come lo que se puede comer con una mano mientras se lee con la otra, y eso no es una broma: la empanada de Bisak es una masa cerrada con carne, cebolla y huevo, se come fría, se lleva en el bolsillo y se vende en la puerta de las tres universidades desde hace doscientos años.
Y el hierro de Yanal come de otra manera: allí se come de pie y deprisa, tocino y pan, tres veces al día, porque una fragua no se apaga.
Sálama · el ducado pobre cocina mejor que nadie
Es lo de siempre y aquí es literal. Sálama tiene cebada, algarroba, lana, miel y poco más, y de ahí ha sacado tres cosas que se comen en todo el Reino.
Las gachas de Mafil, de cebada, con miel de Verimeth por encima. Comida de pastor, y el desayuno de media Dágata.
El queso de oveja del alto Mafil, curado en cueva, que es el mejor queso del Reino sin discusión y el único artículo de Sálama que se vende caro. Una rueda entera vale un cuarto.
Y el hidromiel de Verimeth, que en rigor es bebida y va abajo, pero que es de lo que vive medio condado.
3 · El vino
Tres zonas, y no dicen lo mismo.
Cands es la grande. Viña en las laderas que caen al mar, detrás de los pinares de Medimar, y sale un blanco seco y salino que se bebe joven y que va en las bodegas de todos los barcos que salen del puerto. Es el vino que más se bebe en Dágata y el que más se exporta, y es de Cands por la misma razón que todo lo demás: porque tiene los cascos para moverlo.
Ságata es la buena. Ladera interior, más fría, y de ahí un tinto de guarda que aguanta ocho o diez años y que en un año bueno da algo serio. La cosecha de 828 se sigue nombrando. Es el vino que un conde saca cuando quiere decir algo sin decirlo.
Llágata, la vega de la capital, hace poco y para sí misma. Es el vino de la corte y de la Vendimia de la Vega, casi no sale del ducado, y su fama es más de fiesta que de botella.
Precios, para no perderse: jarra de vino corriente, 2 granos. Una bota de tinto de guarda de Ságata de un año nombrado, dos ruedas, que es dos semanas de peón. Y los vinos élficos, aparte.
Los vinos de los elfos
Entran por Cands, que es donde toca, y son otra cosa.
De Eldoria baja el vino silvano, que no es de uva sino de fruta de bosque fermentada en el árbol —endrina, serba, saúco— y que llega en pellejo y no en bota. Sabe a poco al principio y luego no se va. En Dágata se bebe frío y en Eldoria se bebe del año, y los silvanos de los Claros del Margen dicen que aquí se bebe mal.
De Elvandor viene lo caro: vino de alto elfo, en botella de vidrio soplado, con año grabado, y años que en la etiqueta se cuentan en cifras que no significan nada para un dagatense porque son anteriores al Reino. Una botella cuesta entre cuatro y quince marcos, o sea entre medio año y dos años de jornal de peón, y en todo Dágata se descorchan quizá cuarenta al año. Thesalia Llyneth tiene nueve en la bodega del Salón y las cuenta.
4 · La cerveza, y Méleni
La cerveza corriente es lo que se bebe cuando no hay vino, o sea en Parls, en Sálama y en todo el norte. Una jarra, un grano, lo mismo que el pan. Es floja, turbia y se hace en casa.
Y luego está Méleni. La cerveza enana es la mejor de Dágata y no hay debate posible, y la razón es aburridísima y por eso es cierta: fermenta a doce grados constantes durante todo el año porque se hace a cuatro niveles bajo tierra, y ninguna cervecería de superficie puede hacer eso. Negra. densa, dulce del azúcar que se le echa encima, y se sirve a temperatura de galería, que a un humano le parece caliente.
Sale poca fuera. Un barril de Méleni en una taberna de Ságata es un acontecimiento y se anuncia con un ramo en la puerta. Se llama la del Fuelle por la fiesta y cuesta cuatro veces la corriente.
Debajo de ella hay una que no sale nunca: la que las casas enanas hacen para sí y no venden. No tiene nombre en común occidental. A un humano le han dado a probar dos o tres veces en doscientos años y los tres dijeron lo mismo, que no era cerveza.
El aguardiente existe, se saca de orujo en Cands y de miel en Verimeth, y es lo que se bebe en el norte en invierno. En Parls hay tabernas donde no se pide vino.
5 · Lo de fuera que se quedó
Tres cosas han entrado en la cocina de Dágata en el último siglo y ninguna se ha ido.
La pasta de Tor-Réna, y es la grande. Es una pasta oscura de pescado y pimiento fermentados que los marineros de ultramar traen en tarro y que en Tor-Réna se come con todo. Entró por Cands hace unos setenta años y se quedó por una razón que no tiene nada de romántica: hace comestible la comida mala. Una cucharada en una olla de berza de tres días y la olla vuelve a ser comida. Hoy hay tarro en toda posta de Cands, en la mitad de las de Ságata, en todas las galeras del Rey y en ninguna casa noble, porque en las casas nobles la comida no lleva tres días. Se puede saber la clase de una mesa mirando si hay tarro.
La carne helada de Norvia, ya dicha: entró con la caravana del Erial y en Garador la copiaron.
Y la infusión de corteza de los altos elfos, que en Elvandor se toma antes de una sesión larga porque quita el sueño y afina la cabeza. Llegó a Llágata con las embajadas, la corte la adoptó porque la tomaban los elfos, y hoy se sirve en el Salón de los Siete Tronos antes de las Asambleas. Cuesta un ochavo la taza. Y el detalle que nadie en Llágata sabe: en Elvandor se toma amarga y sola, y en Dágata se le pone miel, con lo cual pierde justamente lo que hacía. Un alto elfo que la ve endulzada no dice nada. Nunca dicen nada.
6 · Comer por gusto, que es cosa nueva
Hace cincuenta años no existía la idea de viajar para comer. Ahora sí, y va con la burguesía: un maestro de taller de Ságata gana veinticuatro granos al día, tiene con qué, y ha descubierto que puede gastarlo en algo que no sea tierra.
Las cuadrillas de la Vuelta llevan tanto la mercancía como la costumbre. Y de ahí ha salido el circuito que en las villas se cuenta como si fuera obvio: la ballena de Ondara en su temporada, el queso del alto Mafil, la anguila de Lakme, la del Fuelle en Méleni y el tinto de un año nombrado en Ságata. Cinco cosas, cinco ducados, y unas ochocientas personas al año que hacen dos o tres de las cinco.
El libro de las cazuelas
Y hay una institución que no se ha inventado nadie y que es la mejor guía gastronómica del Reino.
Una posta sirve una sola comida, la que haya, en cazuela para la mesa entera. Ochenta y tres postas, ochenta y tres cocineras, y todo el que cruza Dágata las prueba por fuerza. Así que en las postas hay un cuaderno al lado del libro de partes en el que los viajeros escriben lo que les han dado y qué tal estaba.
No lo manda ninguna ordenanza. Empezó en una posta del camino de Kórnik y hoy lo tienen sesenta y tantas. Los maestros de posta lo odian, las cocineras lo leen, y hay tres o cuatro cazuelas en Dágata por las que alguien se desvía cuarenta kilómetros: la de la posta del Vado Alto en Ságata, la de la del Descosido en Parls y la de la de Peña Herrada, que hace una olla de cabra con seta de Méleni que no debería existir a esa altura.
Qué es un plebeyo, y qué es un siervo
1 · La regla que lo ordena todo
En Dágata no hay siervos de cuerpo. Hay siervos de tierra.
No se puede comprar, vender, prestar ni heredar a una persona. Sí se puede vender una finca con la obligación pegada, y quien la trabaja va con ella. La diferencia parece de abogados y no lo es: un obligado dagatense puede casarse con quien quiera, declarar en juicio, denunciar a su señor y marcharse dejando la tierra. Lo que no puede es marcharse llevándosela.
Eso separa a Dágata de tres de sus cuatro vecinos, igual que la separa que la brujería no sea delito capital, y sale del mismo sitio: la Ley de Vecindad dice que un vecino es un vecino, y una Ordenanza de las Manos que abolió la mutilación en 704 no encaja con un reino que compra gente.
2 · Los tres escalones de abajo
El vecino
Inscrito en el Libro de las Vidas de un concejo. Paga la Tasa Cierta —el doce por ciento. igual en los siete ducados desde 846 — y no debe días de trabajo a nadie. Puede comprar tierra. venderla, poner tabla en el mercado, pleitear, irse, y ser enterrado donde le dé la gana.
Es todo el que vive de un oficio en una villa y buena parte de los que labran tierra propia en el campo. Un millón novecientas mil personas, con Llágata, Cands y Bisak muy por encima de la media y el sur muy por debajo.
El obligado
Trabaja tierra que no es suya. Paga la Tasa y además debe días: entre veinte y cuarenta al año según la comarca, en la siega, la vendimia y el acarreo, más una parte en especie de lo que saca de su parcela. La obligación está escrita en el Libro de la Tierra de su concejo, con nombre de la parcela y no de la persona, y por eso se puede consultar y por eso se puede discutir.
Tres millones setecientas mil personas, o sea casi dos de cada tres dagatenses. Es la condición normal de un ser humano en este reino y conviene no olvidarlo al describir una aldea.
Lo que un obligado sí puede hacer y sorprende: casarse sin permiso, tener dinero propio, comprar tierra en otro sitio, mandar un hijo a un oficio, y demandar al barón ante el Tribunal del condado. Gana pocas veces. Puede.
Lo que no puede: vender la parcela, dividirla sin permiso, ni irse sin dejarla.
El de la mano
El que ha caído en obligación de trabajo por deuda. Tope de siete años —los mismos siete de la marca partida del quebrado, porque en Dágata siete años es lo que dura una ruina— y al cumplirse vuelve a ser lo que era, sin marca y sin nota en el libro. Ciento ochenta mil personas, casi todas después de un año malo.
No es esclavitud y se nota en un detalle: el de la mano cobra. Poco, un grano y la comida, y ese grano va a la deuda, pero se anota. Un señor que no anota pierde el derecho a cobrar, y eso lo ha sentenciado el Gran Tribunal dos veces.
3 · El año y un día
La puerta de salida es la misma que la puerta de entrada al Reino, y ésa es la elegancia del sistema. quien vive un año y un día en una población con Casa del Concejo sin que nadie lo reclame, es vecino. La misma regla que gana la vecindad un extranjero.
Dágata trata a su propio siervo huido exactamente igual que a un galendrino recién llegado. No está escrito así en ninguna parte y todo el mundo lo entiende igual.
El señor tiene ese año y un día para reclamarlo ante el concejo donde esté, y tiene que probarlo con el asiento del Libro de la Tierra. Si el asiento está mal —y está mal muy a menudo— pierde.
El fiel, que es quien lo tiene todo en la mano
Y aquí hay que deshacer una frase que este mismo documento traía mal. No hay escribanos de aldea, porque no hay escribanías de aldea: hay cuarenta y tres Casas del Concejo en todo el Reino y ni una más, mientras que diecinueve de cada veinte dagatenses viven en caseríos a horas de la más cercana. Un asiento de recién nacido se hace a los ocho días y a los ocho días no ha llegado nadie a ninguna parte.
Lo que hay entre el caserío y el concejo es el fiel. Uno por comarca, unos cuatrocientos en el Reino, y no es un cargo: es un vecino al que los demás señalan y que casi siempre es el mismo tipo de persona —el ventero, el molinero, el marido de la herbolaria o el más viejo que aún anda—. No cobra, no jura y no escribe.
Lleva la tarja: un palo de avellano partido a lo largo, con las muescas de un lado y las del otro iguales. Nace un niño y se hace una muesca; muere alguien, otra; se mueve un mojón o se va un obligado, otra distinta. Cuatro veces al año, en las ferias, el fiel baja a la Casa del Concejo con su medio palo y el escribano pasa las muescas al libro con la fecha que el fiel dice. La otra mitad del palo se queda en la comarca, y si los dos medios no casan, no vale ninguno.
Que funcione en un reino donde lee uno de cada veinte adultos no es casualidad: una muesca no hay que saber leerla.
Tres consecuencias, y las tres son de mesa. La primera: el asiento lleva la fecha del hecho y no la del papel, así que el Libro de los Días de un concejo es exacto en el orden y aproximado en todo lo demás, y por eso la parcela de aquella aldea de Kórnik lleva treinta años a nombre de un muerto sin que nadie haya delinquido. La segunda: el año y un día se cuenta desde la muesca, de modo que un obligado que se va necesita que su fiel la haga — y un conde que quiere retener a su gente no aprieta al escribano de la villa, que es del Reino, sino al fiel de la comarca, que es su vecino y le debe el molino. La tercera se dice sola: el hombre más importante de la vida de un dagatense corriente no sabe escribir su nombre, y el Reino entero descansa sobre cuatrocientos palos partidos.
De ahí salen tres cosas. Que las ciudades crecen y las aldeas se vacían despacio. Que las quince Casas Condales odian el Registro de Cosecha mucho más de lo que dicen, porque un libro de graneros bien llevado hace visible quién falta. Y que las villas nuevas no persiguen a nadie: un brazo es un brazo, y el concejo que pregunta demasiado no crece.
4 · Comprar tierra sin ser nadie
Un plebeyo puede comprar toda la tierra que pueda pagar. Lo que no puede comprar es una baronía. porque la baronía no se vende: es merced del Rey, la pide un noble para otro y nunca para sí, y el Consejo puede anularla dentro del año y un día.
Es también por lo que la merced vale lo que vale y por lo que el que la consigue no la olvida nunca.
5 · Los dos sitios sin obligados
Los Claros del Margen. No hay obligados, no hay barón encima y pagan el doce por ciento por mano de sus ancianos. Son las únicas poblaciones del Reino sin noble, y eso lo sabe todo obligado del sur de Ságata a cuatro jornadas de camino.
Méleni, la ciudad. Tampoco. Un enano pertenece a una casa y la casa responde por él; no hay tierra que trabajar porque no hay tierra. Los pocos humanos que viven abajo son vecinos con contrato. Arriba, en el condado de Bródega, el campo es humano y tiene sus obligados como cualquier otro.
Que existan esos dos sitios y que se pueda llegar a ellos andando es la razón de que el sur de Ságata y el norte de Sálama tengan las obligaciones más suaves del Reino. Un señor cerca de una frontera sin siervos es un señor que negocia.
6 · Y arriba, para cerrar la escala
Por encima de todo esto hay unas doce mil personas en un reino de cinco millones novecientas mil. siete Casas Ducales, quince condales, unas doscientas cuarenta baronías con sus familias, los caballeros, el clero mayor, los doscientos cuarenta licenciados en magia y los setenta y siete del lacre.
Dos de cada mil. Todo lo demás es la gente de este documento.
Nacer, casarse y morir
1 · La idea que sostiene los tres ritos
En Dágata los tres pasos de una vida se hacen en la Casa del Concejo y no en un templo, y eso es raro en el continente.
La causa es antigua y administrativa: cada población tiene su Casa del Concejo con escribanía, arca de tres llaves y tres libros —el de las Vidas, el de la Tierra y el de los Días —, y el que nace, el que se casa y el que muere se asienta en el primero. Sin asiento no hay persona: no hereda. no pleitea, no se casa y no cobra.
Los templos participan cuando se les llama, y se les llama casi siempre. Pero el que hace válido el acto es el escribano, no el sacerdote, y en un reino donde un sacerdote de Aedith no puede mentir en juicio esa distinción se ha peleado más de una vez y siempre ha ganado el escribano.
2 · Nacer
El asiento, a los ocho días
A los ocho días se lleva al niño a la Casa del Concejo y se le asienta: nombre, padres, día, y de qué casa es la tierra donde nació, que es lo que decide si nace vecino u obligado. Van los padres y dos vecinos que no sean parientes, y los dos vecinos son la única prueba que hay de que ese niño es ese niño. Esa firma vale para toda la vida y por eso se elige con cuidado.
El escribano no cobra por asentar un nacimiento. Es de las tres cosas que en Dágata son gratis por ordenanza, y las tres tienen que ver con entrar y salir del mundo.
Y luego, el nombre
El nombre lo pone la madre y se dice en voz alta en el umbral de la casa antes de ir al concejo. No hay fórmula. Lo que sí hay, y es costumbre de todo el Reino, es que no se dice el nombre en voz alta hasta que el niño ha pasado los ocho días, porque antes de eso se muere uno de cada cinco y todo el mundo lo sabe. Hasta entonces se le llama el crío, y a una mujer que nombra a un recién nacido antes de tiempo se la mira mal aunque nadie sepa explicar por qué.
Se pide a Sylvara, la Dragona de Jade, patrona de los nacimientos, y quien la pide es la partera y no un sacerdote. Hay dos o tres parteras por villa y una por pueblo, aprenden unas de otras, no tienen gremio y son la mitad de la medicina real de Dágata.
Los niños de los Cinco
Un niño nacido en los Cinco no se puede asentar, porque en los Cinco el escribano no asienta nada. Espera a Estación I. Son unos tres mil al año en todo el Reino y no pasa nada con ellos. salvo que durante unos días no existen legalmente, y de ahí salen la mitad de las historias de niños cambiados que se cuentan en las cocinas. Un juez ha visto en su carrera dos o tres pleitos en los que esos días importaban de verdad.
Y la prueba, a los catorce
Quien entra en una de las tres universidades pasa la prueba del hilo, que dice si es sensible —uno de cada dos mil— y delata a un brujo. No es un rito de paso: es un examen de matrícula que la gente ha convertido en un rito de paso, y una casa con un hijo nacido con el arte no lo manda nunca. No mandarlo se nota.
3 · Casarse
Son dos actos y el segundo es el que vale.
El trato
Se cierra en la Cosecha, entre las dos familias, hablando de tierra. Qué lleva ella, qué lleva él, qué pasa si él muere, qué pasa si no hay hijos. Dura semanas y se hace delante de testigos aunque no se escriba.
La palabra
En la Casa del Concejo, delante del escribano y de dos vecinos. Se dan la mano, se dice la fórmula —que son once palabras y no menciona a ningún dios— y se asienta en los dos libros a la vez: en el de las Vidas la boda, y en el de la Tierra lo que se ha movido de una casa a otra.
Ésa es toda la ceremonia legal y dura menos de lo que se tarda en contarla. Lo largo es lo de después. que es comer.
La bendición
Y luego, casi siempre, se va al templo. La bendición no casa a nadie —los casó el escribano— pero la pide todo el mundo, y a qué dios se le pide dice de qué va esa casa.
Eminta para quien vive del agua o va a marcharse; Zehena en el campo, que es la mayoría. Tirian en las villas de oficio, porque es el dios de la comunidad; Sylvara cuando ya hay embarazo, sin que nadie disimule; Brumath cuando la boda arregla un pleito entre dos casas, y entonces todos los invitados entienden exactamente qué se está haciendo.
Aedith no bendice bodas. Su cabildo se niega desde siempre, con el argumento de que una promesa que se hace ante quien no puede mentir es una promesa que nadie debería hacer a la ligera. La gente lo cuenta al revés —que Aedith no cree en el matrimonio— y el cabildo ha dejado de corregirlo.
Deshacerlo
Se puede, y no hace falta motivo. Se comparece los dos ante el escribano, se dice, se asienta y se deshace el reparto de tierra al revés. Lo que cuesta no es el permiso: es devolver. Una casa que se gastó la dote no puede separarse aunque quiera, y ése es el candado real, mucho más apretado que cualquier ley.
Si uno de los dos no quiere, va al tribunal del condado y allí es otra cosa: se prueba abandono, se prueba daño de la Tabla, y tarda dos años.
4 · Morir
Nadie se queda sin enterrar
Zarthax, el Dragón de Ónix, administra la muerte, recibe a los muertos con dignidad y tiene prohibido cobrar por enterrar a un pobre y dejar cadáver sin rito. No es una costumbre piadosa: es precepto, y un sacerdote de Zarthax que lo incumple deja de poder pedirle nada a su dios.
De ahí sale el único servicio universal que tiene el Reino de Dágata, y no lo paga la Corona ni lo paga un Duque: todo el mundo se entierra, gratis si hace falta, en los siete ducados y en las tres islas. Un entierro con sacerdote cuesta un ochavo para quien puede pagarlo y cero para quien no, y no hay que demostrar nada — el sacerdote mira y decide, y se equivoca a favor.
Que el dios de la muerte sea el único que no puede cobrar es la clase de cosa que en Dágata nadie encuentra irónica.
El hito
Se entierra en tierra, fuera del muro, y encima se pone un hito: una piedra de un palmo con una muesca. Sin nombre. El nombre está en el Libro de las Vidas, que es donde tiene que estar; la piedra sólo dice que ahí hay alguien.
En la Noche de los Hitos se va al cementerio a oscuras, se toca el hito al salir y no se habla en el camino de vuelta. Y la superstición que va con ello: no se llama a nadie por su nombre esa noche, porque puede contestar otro.
No se quema
En Dágata no se incinera, y la razón no es de gusto: un cuerpo quemado no se puede levantar, y un cuerpo enterrado tampoco si se le ha hecho el rito. Lo que se teme está al otro lado del agua, y quemar sería admitir que se le teme. Zarthax prohíbe además levantar a un muerto sin su consentimiento en vida, lo cual, dicho de paso, implica que hay una forma de consentirlo y que en alguna parte está escrita.
Se quema dos veces al año como mucho, por peste declarada, y hace falta cédula del tribunal del condado.
Y se quemó una vez a lo grande. En el Otoño Negro de 820, en el sur de Sálama, se quemaron los muertos de los tres portales durante once días, con licencia del Gran Tribunal y no de ningún templo, y ése sigue siendo el único caso en ochocientos cincuenta años en que se quemó por lo que había pasado y no por peste. Tuvo que firmarlo un tribunal precisamente porque no había quien lo firmara del otro lado: Zarthax no tiene cabildo —ordena cualquiera de los suyos a cualquiera de los suyos, sin acta —, así que no existe nadie que pueda decir que sí en nombre de todos los que entierran. Los de Zarthax de Sálama dijeron que no, uno por uno, y se les pasó por encima. En Sálama hay pueblos donde eso no se ha perdonado.
El luto
Cuarenta días, otra vez los cuarenta días, y no es casualidad: es el plazo de la hueste, el de la interinidad del Canciller y el del sagrado en templo. En Dágata cuarenta días es lo que se tarda en asumir algo.
No se lleva negro, porque el negro cuesta. Se lleva el pelo sin cortar y la manga vuelta. el puño doblado hacia fuera, que no cuesta nada y se ve desde lejos. Al día cuarenta y uno se corta el pelo, se baja la manga y se vuelve a trabajar, y a quien lo alarga se le respeta menos, no más.
La viuda de un soldado cobra la ración cinco años, o hasta que se case, y ésa es la línea que un tesorero ducal recorta primero.
El testamento
Se dicta al escribano y se guarda en el arca de tres llaves. El que no lo hace —que son casi todos— reparte por costumbre: la casa al que vive en ella, la tierra por partes iguales entre los hijos, y el oficio al que ya está trabajando en él. La tierra se parte y por eso las fincas de Dágata son cada vez más pequeñas, y ése es el motor silencioso de que haya cinco millones de personas y ninguna con suficiente.
5 · Lo que hacen los que no son humanos
Los enanos de Méleni no entierran: tallan. El muerto se lleva a una galería muerta y se graba su nombre en la pared con las runas Skarn, y esa pared es el cementerio. La Cuenta, cada siete años. lee quién ha nacido y quién ha muerto desde la última, y lo que se lee son esas paredes. Un enano de Méleni sabe recitar seis generaciones y no le parece un mérito.
Los silvanos de los Claros no dicen «muerto»: dicen «volvió». No ponen hito, no marcan sitio y no vuelven a nombrarlo en voz alta hasta pasado un año. A un dagatense le parece frío y a ellos les parece que el hito es una manera de no soltar.
Y los medianos dicen que alguien «se ha ido al huerto largo», ponen hito como todo el mundo y además comen tres días seguidos. La segunda parte es la que les define.
La escuela y las letras
1 · Hay escuela pública y casi nadie va
Las dos mitades de la frase son verdad y hay que decirlas juntas.
Toda familia asentada en una población tiene derecho a que sus hijos vayan a la escuela del concejo. y es gratis. No hay que pedirlo, no hay que probar nada y no depende de la condición: un obligado manda a su hijo igual que un vecino. Está así desde hace doscientos años y ningún Duque lo ha tocado, porque no le cuesta dinero a ninguno.
Y no va ni un tercio de los que podrían. No porque se lo impidan: porque un crío de siete años que espanta pájaros o carda lana vale dos granos al día, y en una casa que ingresa nueve, dos granos son el tocino. Esa es toda la explicación y no hace falta ninguna otra.
Y lo tercero, que es lo que decide la cifra del Reino: fuera de las poblaciones no hay escuela. Ni escuela ni escribanía: lo que hay en el campo es el fiel de la comarca con su tarja de muescas, que es exactamente el sistema que se diseña cuando se da por hecho que nadie va a saber leer. Más de cinco millones de personas viven en caseríos y cortijadas que el mapa no dibuja, a horas del concejo más cercano, y de ésas no lee nadie. No es una carencia del sistema: es el sistema. La escuela está donde está el edificio, y el edificio es la Casa del Concejo.
| Viven en una de las 43 poblaciones | ~300.000, uno de cada veinte |
| Niños de seis a diez en ellas | ~30.000 |
| Van a la escuela del concejo | unos 9.000 |
| Adultos que leen de corrido | uno de cada veinte |
| Adultos que saben firmar y leer una cifra | uno de cada nueve |
La segunda cifra vale más que la primera para casi todo lo que pasa en una mesa. Firmar y leer un número no es leer, y media Dágata está exactamente ahí: el sargento que lleva la cuenta de su centena en una tarja de avellano porque no puede llevarla en un libro, el arriero que sabe mirar un albarán y no una carta, la tendera que lleva el fiado con muescas.
2 · La escuela del concejo
La da el escribano, y de ahí que sea gratis: ya está pagado, ya está el edificio y la escribanía está vacía por las mañanas. Dos horas al día, de la salida del sol al medio de la mañana, y luego el escribano se pone a lo suyo.
Se enseñan tres cosas y en este orden: las letras, las cifras y el Libro de los Días.
Las letras, con la Cartilla. Las cifras, hasta saber comprobar una cuenta de mercado, que es la parte que a las madres les importa. Y el Libro de los Días, que es la crónica de ese pueblo y de ningún otro: el niño aprende a leer leyendo lo que le pasó a su calle.
Dura cuatro años, se sale a los diez, y no hay título ni examen. Se sale sabiendo leer o no.
3 · El liceo y la universidad
El liceo · de pago, en villa arriba
Veintidós liceos en todo el Reino, en las poblaciones de villa para arriba. Son privados aunque los tolere el concejo, los lleva un maestro con dos o tres ayudantes, y cuestan medio marco al año. que son sesenta y cuatro días de jornal de artesano y doscientos cincuenta y seis de peón: caro para un labriego, asumible para un artesano de gremio.
Se entra a los diez y se sale a los catorce, y lo que se aprende es lo que hace falta para las tres salidas que tiene un plebeyo con letras: latinajo de escribanía, cuentas dobles y algo de derecho de la Tabla. De aquí sale la burguesía que en 850 viste mejor que los vizcondes.
Las tres universidades · sólo en ciudad
El Colegio de Llágata, cuatrocientos; el Estudio Real de Ságata, trescientos; y la Torre del Horizonte de Bisak, setecientos, que es la grande y la única con reputación fuera del Reino. Mil cuatrocientos estudiantes para cinco millones novecientas mil personas.
Se entra con prueba de bolsa y no de sangre — se demuestra que se puede pagar y ya está—, y se pasa la prueba del hilo, que dice si eres sensible y delata a un brujo. Se entra a los catorce.
Tres marcos de matrícula al año y otros tres de vivir. Seis marcos son lo que gana un maestro de taller en un año entero, así que un artesano acomodado puede mandar a un hijo y sólo a uno, y lo hace, y en esa decisión se juega media familia. Hay unas doscientas becas en el Reino, casi todas de gremio y no de casa noble: un gremio paga la carrera de un hijo de agremiado y a cambio ese hombre le debe siete años, que son los mismos siete de todo lo demás en Dágata.
La otra escalera, que no pasa por la universidad
Y hay una tercera vía que en Dágata importa más que las dos anteriores juntas: la escribanía.
Aprendiz a los doce, con un escribano de concejo. Examen menor por ducado, que da para llevar la escribanía de un pueblo. Examen mayor, único para todo el Reino y convocado por el Canciller, que da para todo lo demás — y que hay que tener aprobado para ser Canciller Real.
Se entra por examen y no por cuna, cuesta la comida del aprendiz y nada más, y el hombre que hoy lleva el Gabinete del Reino llegó por ahí. Es la única escalera de Dágata que va de un pueblo cualquiera al Salón de los Siete Tronos, y sube por ella un puñado de personas por generación, y todo el mundo sabe sus nombres.
4 · La Cartilla, y la máquina de Bródega
que viene, se quita y sólo hay que rehacer este apartado.*
Hasta hace doce años cada escuela de concejo enseñaba con lo que tuviera: un libro viejo, una tabla pintada, la letra del escribano. Un libro costaba lo que cuesta un libro copiado a mano, y ninguna escuela tenía cuarenta.
En 838 salió de Méleni una cosa que no venía de Méleni del todo. Una casa enana de Bródega. que lleva mil años haciendo punzones y matrices para marcar metal, fundió tipos móviles; Bisak puso el papel, la tinta de agalla y los encuadernadores, que llevaban dos siglos haciendo eso mismo. Los dos ducados tuvieron que ponerse de acuerdo, cosa que no pasa nunca, y la máquina está en Bisak y las matrices son de Bródega, así que ninguno de los dos puede prescindir del otro. En el Salón lo llaman el trato de las letras y en las dos Casas lo llaman otras cosas.
Hoy imprime tres cosas y nada más: la Cartilla, las ordenanzas del Reino y el almanaque del año.
La Cartilla son dieciséis hojas, cuesta dos granos —un pan y medio— y hay una en cada Casa del Concejo de Dágata desde 841. Es el objeto que ha cambiado más deprisa la vida de más gente en el Reino, y casi nadie lo ha notado porque es feo y barato.
Lo que no imprime es literatura, y eso es una pelea. El gremio de copistas y encuadernadores de Bisak tiene libro y su libro hace prueba en juicio, y ha conseguido que la máquina no toque nada que un copista pudiera cobrar. Aguantará lo que aguante. En Bisak hay tres personas que saben perfectamente que no va a aguantar mucho, y una de ellas es la que lleva las cuentas del gremio.
5 · Quién más enseña
Los templos, poco y mal, y sólo a los suyos: un cabildo instruye a sus ordenados y a nadie más. La excepción es Arcazet, cuyos preceptos obligan a no dejar que el conocimiento se pierda, y cuyos templos tienen biblioteca abierta a quien sepa leer — lo cual, en un reino donde lee uno de cada veinte, es una puerta abierta a muy poca gente.
Los gremios, que enseñan el oficio y no las letras, salvo tres —cambistas, arrieros y barqueros— que tienen asiento del Reino y necesitan hombres que lleven libro. El gremio de cambistas tiene su propia escuela en Llágata y es, sin decirlo, la mejor formación en cuentas del Reino.
Y Méleni, aparte. Una casa enana enseña a leer las runas Skarn a todos sus hijos sin excepción. porque el que no las lee no puede leer las paredes donde están los muertos. La alfabetización rúnica de Méleni ronda el noventa por ciento y la de común occidental es mucho más baja, así que un enano de Bródega que no sabe leer un contrato humano sabe recitar seis generaciones de su casa. Los escribanos de Ságata llevan un siglo sin saber cómo contabilizar eso.
Las lenguas
1 · La lengua oficial es el común occidental
Se llama común occidental, y es lo que en el árbol de libro-06 figura como westeran. Son la
misma lengua y conviene decirlo una vez para que nadie los cuente dos veces.
Es la lengua del concejo, del tribunal y del mercado, y eso son las tres cosas que uno no puede esquivar en una vida: los tres libros de la Casa del Concejo se llevan en común occidental, un juicio se ve en común occidental, y un contrato en otra lengua no vale — salvo dentro de los dos fueros del §4.
Lo habla todo el mundo en Dágata. No hay una sola población del Reino donde no se pueda comprar pan en común occidental. Lo que cambia es cómo suena.
2 · Cómo suena el común occidental
Suena a sindarin gastado por ochocientos años de uso administrativo: consonantes limpias, poca aspiración, acento casi siempre en la penúltima, y una manía por las terminaciones que hace que los apellidos del Reino se reconozcan a la primera.
Las cinco terminaciones de Dágata, que son un mapa social entero.
| Termina en | Qué es | Ejemplos |
|---|---|---|
| -eth · -ath | casa antigua, anterior al Reino | Llyneth, Karneth, Revethar, Ilvath |
| -ain · -aen | casa fundadora o del norte | Garthain, Valraen |
| -ac · -ic · -ak | tierra de frontera, cosa de Parls y de Bisak | Brénac, Tannic, Bisak |
| -ok · -ak duro | de raíz enana, adoptado | Durnok, Klonk |
| -al · -ar · -án | casa nueva, de las que se entienden | Pedral, Almenar, Ferrán, Brasal |
Un apellido que se entiende es un apellido reciente §0. Almenar quiere decir almenar; Llyneth no quiere decir nada en ninguna lengua viva, y ése es exactamente su prestigio.
Y una regla de fonética que sirve para inventar nombres sin desentonar: en común occidental no hay
diptongos con u delante —nada de bue-, cua-, gua-— y la doble ele es siempre Ll- inicial
y suena eleada, no yeísta: Llágata, Llyneth, y por eso a un forastero se le nota en la primera
palabra que dice del Reino.
Los siete acentos
Es la parte que se juega, y va rápido.
Llágata. El acento de la corte y el que sale en los papeles. Vocales cerradas, muy poca melodía, y la costumbre de no acabar las frases: se deja caer y se supone que el otro ha entendido. Fuera de Llágata les parece que van de listos.
Ságata. El del centro y el más neutro. Habla en refranes de labranza y usa «mira» como muletilla cada tres frases. Es el acento que un actor pone cuando quiere sonar a dagatense en general.
Parls. Duro y con las erres arrastradas del norte, con préstamo de norjarska en todo lo que tiene que ver con frío, piel y comercio de invierno. Dicen kar por carreta y holl por helada, y ninguna de las dos es común occidental. Hablan alto.
Cands. Rápido, se come el final de las palabras y las mezcla con jerga de mar. Es el único acento del Reino que se ha puesto de moda: los hijos de la burguesía de Ságata lo imitan y sus padres los matarían.
Bisak. Pedante y lento, con vocabulario de universidad en la boca de gente que no ha pisado una. Un tabernero de Bisak dice «en consecuencia» sin ironía ninguna.
Sálama. Cantarín, alarga las vocales, y es el acento del que se ríen los otros seis. Un salamés en Llágata baja el acento en tres días o aguanta el chiste toda la vida, y ésa es una de las poquísimas cosas feas y cotidianas que tiene un reino sin racismo institucional: el desprecio no va por especie, va por ducado.
Méleni. Común occidental hablado por gente que piensa en otra cosa. Frases cortas, sin adorno. sin condicional. Un enano no dice «podría ser»: dice «no», o dice «sí», y si no lo sabe lo dice.
3 · Cómo suena todo lo demás
Khaz · los enanos
Consonante contra consonante. Grupos duros —kh, th, zn, rn, dr, gr—, vocales cortas y ninguna átona final. Acento siempre en la primera sílaba. No hay f, no hay ll y no hay palabra que acabe en vocal salvo -a de nombre propio.
Suena así: Durnok · Skarn · Khaerud · Brontar · Bródega · Kragthar · Thurin · Khazadorn.
Para inventar sobre la marcha: una o dos sílabas, empieza fuerte, acaba en consonante. Vrenn. Tordak. Khunrel.
Talindrel · los silvanos
Líquidas y nasales, mucha l, n, r y th, diptongos ae y ei, y palabras que acaban en vocal casi siempre. Acento en la penúltima. Es sindarin y se puede robar sin disimulo.
Suena así: Talindrel · Aelin · Nerethiel · Maerdan · Sylvaneth.
Eltharin · los altos elfos
Lo mismo pero más largo y más abierto: vocales dobles, terminaciones en -ië, -ion, -ar, y una sílaba más de la que hacía falta en cada palabra. Es quenya, y esa longitud sobrante es la mitad de la razón de que a los altos elfos les llamen ceremoniosos.
Suena así: Eltharin · Elvandor · Calindarië · Anórion.
Umbralin · los elfos oscuros
Talindrel silbado y dicho bajo. Las mismas raíces con más s, más z y más nasal, y alzar la voz es admitir que has perdido el control, así que la lengua entera se ha construido para oírse a dos pasos. Un elfo oscuro que grita ha perdido antes de empezar.
Suena así: Umbralin · Sszaeth · Nazrel · Vess'nar.
Gurt-khar · orcos y goblins
Gutural, corto, y en el fondo élfico corrompido, cosa que ellos no saben. Oclusivas sordas, gh, kh, zn, terminaciones en -uk, -ak, -ec, -ai. No hay vocales largas y no hay cortesía gramatical: no existe una forma de pedir.
Suena así: Ommbrec · Vurgai · Gurt-khar · Nazbuk · Rhagg.
Y en la boca de un goblin, lo mismo pero más rápido y con diminutivos, que es la única lengua de Umbrosia que tiene algo parecido al cariño.
Gorr · los ogros
Pocos sonidos y muy pesados: g, r, b, m, o, u. Palabras de una sílaba y frases de tres palabras. Un ogro que aprende común occidental lo habla en infinitivo toda la vida, y no es tontería: es que en gorr no hay conjugación.
Y los trolls
No tienen lengua. Los que mandan clanes, como Ommbrec, hablan gurt-khar aprendido, y lo hablan mal y despacio. Un troll que habla bien es la señal de que hay algo debajo que no es un troll.
4 · Los dos fueros de lengua
En Dágata hay exactamente dos sitios donde el común occidental no manda solo, y no es por tolerancia suelta: es que el fuero es del territorio y no de la sangre.
Méleni
En casa se habla khaz. Un enano de Bródega piensa en khaz, cuenta en khaz, discute con su familia en khaz y lee las paredes de sus muertos en runas Skarn. El común occidental es su lengua de fuera, y la habla perfectamente porque lleva ochocientos cincuenta años vendiendo acero.
La Cámara Grabada juzga en khaz y talla las sentencias en la roca, así que en el único tribunal de Dágata donde el precedente está físicamente presente, el precedente está en una lengua que no lee un juez del Reino. Cuando un caso reservado sube al Gran Tribunal hay que traducirlo, y lo traduce un enano, y no hay nadie que pueda comprobarlo. Eso lleva ochocientos años funcionando y nadie ha querido tocarlo.
Existe además el khaz del mercado: doscientas palabras de trato, números y pesos, que un enano
enseña sin problema y que un mercader humano listo aprende. Usarlo en un trato vale +15 en la
escala de libro-06, y en Méleni es prácticamente obligatorio si quieres el buen precio.
Los Claros del Margen
Se habla talindrel, y el común occidental se habla cuando hace falta. Los Claros pagan por mano de sus ancianos y no tienen noble encima, y su Casa del Concejo tiene dos libros y no tres. porque el Círculo no levanta acta.
Un silvano hablando común occidental suena a alguien que está traduciendo mientras habla: la sintaxis correcta, el vocabulario exacto, y luego un giro que en común occidental no se dice.
Y eso incluye lo que en libro-06 ya está fijado y aquí se vuelve una escena de mesa: no dicen
«murió», dicen «volvió». En un tribunal de Ságata eso ha hecho falta aclararlo dos veces, y las dos
el juez pensó al principio que el testigo estaba diciendo que el hombre había regresado.
5 · Lo que se dice y cómo
El tratamiento está fijado en §6 y se resume en una cosa que un forastero debe saber antes de abrir la boca: en Dágata no se dice Majestad. Al Rey se le dice Vuestra Alteza, y en confianza señor. Majestad es de quien reina por derecho propio y aquí se reina por votación y por diez años. A un embajador que lo diga se le corrige con mucha educación y una sola vez.
El escribano es maese, y eso vale para un hombre que no tiene título ninguno. Es el único tratamiento del Reino que se gana con un examen.
Lo que no se dice. «Porque puedo» es la firma de la traición y en Dágata es un insulto teológico grave. Se puede decir en una discusión de taberna y se acaba la discusión.
Y una que es sólo de aquí: en Dágata no se dice «te lo juro» a la ligera, porque la palabra de un devoto de Aedith es prueba plena en juicio y la gente ha acabado tratando el verbo con respeto. Se dice «va por mí», que no compromete a ningún dios y que en un contrato de palabra vale hasta veinte ruedas.
6 · Y lo que se pierde
Dos lenguas se están muriendo dentro de Dágata y ninguna sale en los papeles.
El habla vieja del delta. Los junqueros de las Marismas hablan común occidental con un fondo de otra cosa —doscientas palabras de agua, barro y canal que no vienen de ninguna de las cuatro familias del árbol— y no lo enseñan a nadie de fuera. La Cofradía del Junco no lleva libro, así que no hay una sola palabra de eso escrita en ninguna parte. Es la única lengua de Eleina que sólo existe en bocas vivas, y quedan cuatro o cinco mil.
Y el común de Hulla. El condado que Parls ocupó en 341 y se acabó llevando con papeles conservaba un habla propia. Hoy la usan los viejos, se ríen de ella los jóvenes, y en la fiesta de La Que No Se Nombra se recita en voz alta un texto que casi nadie de los presentes entiende ya. Nadie lo ha escrito. Falta poco.
Lo que se canta y lo que se dice

1 · El músico no tiene libro
Y eso, en Dágata, lo explica casi todo.
Los músicos no son gremio, así que no llevan libro y lo que pactan no hace prueba en juicio. Un hombre que toca en una boda por dos ochavos y no cobra no tiene dónde reclamar. De ahí que el oficio se lleve siempre pegado a otro: el que toca en la fiesta del pueblo es el herrador, o el hijo pequeño del ventero, y toca porque toca.
Los que viven de esto son tres clases de gente y ninguna es respetable del todo. Los de la Vuelta. que van con las cuadrillas y cobran del que las contrata. Los de casa, cuatro o cinco en todo el Reino, que tienen sitio en una corte ducal y comen. Y los sueltos, que van de feria en feria y que en las ordenanzas de villa aparecen, cuando aparecen, junto a los mendigos.
Un bardo élfico es otra cosa y por eso Eldwin desconcierta tanto: no cobra, no pide, no tiene casa. y lo que canta se queda.
Con qué se toca
| Cuesta | Dónde | |
|---|---|---|
| La caramilla, flauta de caña de seis agujeros | 2 granos | en todas partes; se hace uno mismo |
| El pandero | 1 ochavo | fiesta, y sobre todo mujeres |
| El rabel, tres cuerdas y arco | 1 rueda | lo que suena en una venta de camino |
| La vihuela | 2 ruedas | villa arriba, y es un artículo de burgués |
| La gaita del Erial | 3 ruedas | Parls, Erradia y Garador, y en el sur la odian |
Méleni no tiene instrumento que se pueda llevar. La música enana es voz y percusión en una galería. y el instrumento es la galería: se canta a cuatro voces contra una pared que devuelve la quinta. Fuera de Méleni no suena a nada, y por eso ningún humano ha oído música enana de verdad aunque muchos crean que sí.
Y los silvanos no cantan delante de forasteros. Ni en los Claros del Margen ni en ningún sitio. No es misterio: es que para ellos cantar es lo que se hace en un entierro y les parece de mal gusto hacerlo por dinero.
2 · Dos familias de canción
La de trabajo no tiene autor. Se canta para llevar el paso, para tirar de una maroma o para no dormirse, cambia cada cincuenta kilómetros y no se le pide que diga la verdad. Es el noventa por ciento de lo que suena en Dágata.
La de autor sí lo tiene, y ahí está el peligro. Una canción con letra fija viaja entera, y una canción que viaja entera fija la versión. En un reino donde lee uno de cada veinte adultos. lo que la gente sabe de su propia historia es lo que le han cantado, no lo que está en un libro que no puede abrir.
Eso, dicho sin adornos: en Dágata el que escribe la canción escribe el pasado, y los cuatro o cinco que lo hacen bien valen más para un Duque que un escribano.
3 · El repertorio
«Las Siete Espadas» · de la guerra de 96 a 103
La más vieja que sigue viva, y es siete canciones disfrazadas de una. Tiene una estrofa por ducado. todas con la misma música, y en cada ducado la suya se canta más alto y las otras seis se murmuran. En una taberna de frontera con gente de dos ducados esto acaba mal cada cierto tiempo, y todo el mundo sabe que va a acabar mal y la cantan igual.
Y en Hulla hay una octava estrofa. No la conoce nadie fuera del condado y no habla de la guerra de las Siete Espadas: habla de 341.
«La que se hizo esperar» · 341, y su gemela
La Larga Espera. Diecinueve meses sin Rey y Parls metiendo tropa en dos condados «para mantener el orden».
En Parls se canta alegre. Es una canción de marcha, con estribillo, y cuenta que unos hombres fueron a poner orden donde no lo había y volvieron a casa. Es la que canta un soldado de Parls cuando lleva veinte kilómetros andados y le quedan diez.
En Hulla se canta la misma música, despacio y con otra letra, y no se canta en la calle: se recita en La Que No Se Nombra, en el habla vieja del condado que ya casi nadie entiende. Un dagatense de Parls que la oye no reconoce las palabras. Reconoce la música, y no le hace ninguna gracia.
«Los vados» · Río Inverso, 649 a 652
La única guerra contra otro reino, y de ella salió una canción que es en realidad una lista de once vados en orden. Se canta contando, se aprende de memoria y sirve para saber por dónde se cruza el alto Sagaria sin mapa.
Es decir: es una canción militar que todavía funciona como instrucción militar, y es lo mismo que recorren las mujeres del Camino de los Vados sin pensar en ninguna guerra. En Dágata la peregrinación y el itinerario de campaña son la misma lista.
Lo que se canta de 733
Nada. La Hambruna de los Tres Años no tiene canción y ésa es la única guerra del Reino de la que no la hay.
Lo que sí hay es una retahíla de niños de doce palabras, que se dice saltando y a la que nadie hace caso, y que es la lista ordenada de lo que se puede comer cuando no hay nada. Empieza por la bellota y acaba por una cosa que las madres cortan antes de que el niño llegue. En Sálama y en el alto Mafil se sigue diciendo entera.
«La cuenta de Algés» · Guerras Piratas, 809 a 827
Dieciocho años sin una sola batalla naval, así que la canción no cuenta batallas: nombra barcos. Treinta y un nombres en orden, con quién era cada uno y qué le pasó.
Lo notable es que la cantan los dos lados con los mismos nombres. Los marineros de la Marina del Rey la cantan como memorial y los corsarios de la Patente la cantan como currículo, y cuando coinciden en una taberna de Cands la cantan juntos. A los cinco versos alguien se acuerda de por qué no deberían.
«La noche del Cruce» · el Otoño Negro, 820
La de Eldwin, y es lo que Dágata cree que pasó. Once estrofas: los portales en el sur de Sálama, la marcha hacia Ságata, la catedral de Aedith, los once que volvieron del Vuelo, y el arquero del final, que es Cron Grill y al que la letra llama general dos veces — que es por lo que se lo llama todo el mundo aunque en la ordenanza no exista el cargo.
Es exacta en lo que dice. El problema es lo que no dice.
No hay una sola palabra de la Obra. El segundo objetivo de aquel ejército —la Obra que guardaba Kenowy Droppez — no aparece, y sin él la historia queda como una incursión heroicamente detenida en vez de como lo que fue, que era una cacería que tenía nombres.
En la peña de Ságata y en dos o tres sitios más se cuenta que hubo una duodécima estrofa y que Eldwin dejó de cantarla hace veinte años. Nadie que la haya oído lo dice en voz alta. Eldwin está vivo y se le puede preguntar, y ahí hay una escena entera.
Y dos que no son de guerra
«El quinto día», que se canta al ayuno del último de los Cinco, esperando la primera estrella. No tiene dios detrás, no tiene autor y la cantan los siete ducados con la misma letra, que es la única cosa en este reino de la que se puede decir eso.
4 · Lo que no es canción y suena igual
La campana de las Ciudades Fortaleza. Una sola, no da las horas y no llama a misa. Cuando suena no hay que explicar nada. La de Rivelan se ha tocado dos veces en treinta años.
El tambor de la Escarlata. Redoble de reclutamiento, y lo que se grita encima desde hace seis años es que hay un hombre que ha tenido los ocho grados. Es publicidad y es verdad, y los sargentos mayores del Reino saben que ha pasado una vez en veintisiete años.
La corneta de posta, dos notas largas, que avisa de que entra correo del Reino y hay que despejar el patio.
Y la esquila de la carreta, que es la que de verdad conmueve a la gente: la pareja del correo lleva una campanilla en la mula, y en un pueblo de fuera de calzada oírla significa que después de dos semanas llega algo. Hay pueblos donde los niños salen a correr detrás.
5 · Los dichos
De todo el Reino
«Va por mí». El compromiso corriente. No se dice «te lo juro», porque la palabra de un devoto de Aedith es prueba plena y la gente ha acabado tratando el verbo con respeto. Un trato de palabra vale hasta veinte ruedas y se cierra así.
«Porque puedo». La firma de la traición, insulto teológico grave. Dicho en una discusión, la discusión se acaba.
«Ésa es la medida sorda». De algo que está trucado de una manera que no se puede probar, del fraude de las casetas de portazgo. Sirve para un peso, una cuenta y una persona.
«Al día cuarenta y uno». De algo que se acaba solo, quiera uno o no. De la hueste.
«Eso lo arreglamos en los Cinco». Dicho medio en broma, significa dos cosas a la vez: que se hará las paces, y que no va a constar en ninguna parte.
«Hacer cola para ver un agujero». De una ceremonia vacía que todo el mundo sigue cumpliendo. Es del conde Selvar Karneth hablando en privado de la Mostranza de Rivelan; se le escapó a alguien y hoy se dice en cuatro ducados sin saber de dónde viene.
Por ducado
Cands, cuando alguien miente: «Eso lo declaras tú en Algés». Del tribunal de presas, que en veinte años declaró cuatrocientas once buenas y nueve malas. No dice que mientas: dice que mientes en un sitio donde te lo van a dar por bueno, que es peor.
Parls, a quien habla mucho: «¿Y tú cuántas varas llevas?» La condena se cumple en varas de muro, así que preguntarle a alguien cuántas lleva es preguntarle qué ha hecho de verdad. Se lo dicen entre soldados y se lo dicen los albañiles.
Ságata, del que no se decide: «Se te van a cruzar las tres». Por las tres calzadas largas que se cruzan en la capital.
Llágata, de quien presume: «Ése termina las frases». En Llágata se deja caer el final y se supone que el otro ha entendido, así que acabar una frase entera es de gente que necesita explicarse.
Bisak, de una idea inútil: «Muy bien encuadernado».
Sálama, de sí mismos: «Aquí lo bueno se vende y lo malo se come». Es literalmente cierto: el queso del alto Mafil se va entero y en Sálama se comen las gachas.
Méleni, que habla por refranes de oficio y no perdona: «La veta no discute». Y el que un humano oye más y entiende menos, «dos llaves y tres manos», que quiere decir que alguien sobra en un trato.
Tres maneras, de menos a más.
Como información. «Los vados» es una lista de once cruces del alto Sagaria en orden, y quien se la sepa no necesita guía. Las canciones de trabajo de Dágata tienden a ser útiles porque nacieron para serlo.
Y como trampa. La versión que se canta es la que la gente cree, y no siempre es la que pasó. Un grupo que descubre que la duodécima estrofa existía, o que la octava de «Las Siete Espadas» no habla de la guerra que dice, tiene entre las manos algo que en este reino vale más que un documento: algo que contradice lo que todo el mundo canta.
Quién cura, y qué cuesta

1 · Cuatro escalones, y sólo el primero está en todas partes
| Escalón | Dónde hay | Qué hace | Qué cobra |
|---|---|---|---|
| La herbolaria | en las 43 poblaciones, sin excepción | cocimientos, emplastos, partos, huesos de andar por casa | 1–4 granos |
| El barbero sangrador | villa arriba, unos 30 | sangrar, sacar muelas, coser, amputar | 1 ochavo a 1 cuarto |
| La botica mayor | sólo en ciudad, y con licencia del Rey | destilados, venenos, lo que mata si se pesa mal | 1 cuarto a 2 ruedas |
| El sacerdote sanador | donde haya templo de Sylvara o de Tirian, unos 60 | lo que no arregla nadie más | nada |
Toda población tiene herbolaria. Es la regla y no falla: hasta Elone, con cuatrocientas almas. tiene una mujer que sabe. Fuera de las poblaciones no hay nada — y como fuera de las poblaciones vive casi todo el mundo, la medicina de Dágata es sobre todo lo que se sabe en la propia casa y una caminata de medio día cuando ya es grave.
Y una advertencia de escala antes de seguir: en un reino de cinco millones novecientas mil personas hay unas sesenta personas que curan de oficio: las sacerdotisas de Sylvara y los ordenados de Tirian. Una por cada cien mil. Cualquier otro ordenado puede pedirle una curación a su dios, y a veces la obtiene, pero no es cosa de su dios, le cuesta y no abre consulta por eso; y el hechicero con cédula que sabe curar cobra aparte. Cualquier partida que dé por hecho que se encuentra sanación en un pueblo está jugando otro mundo.
2 · La herbolaria
No es gremio, no tiene libro y no rinde cuentas a nadie, y eso la deja fuera de casi todo el derecho del Reino: lo que dice una herbolaria no hace prueba en juicio. Aprenden unas de otras. son mujeres nueve de cada diez veces, y en la mitad de los pueblos la herbolaria y la partera son la misma persona.
Lo que de verdad hace, por orden de frecuencia: partos, que es la mitad de su trabajo; fiebres. heridas que no llegan a barbero; y la muerte lenta, que es estar ahí. Lo que no hace: abrir a nadie.
| Cocimiento para la fiebre, tres días | 1 grano |
| Emplasto, y volver a mirarlo | 2 granos |
| Asistir un parto | 4 granos, o lo que se pueda, o nada |
| Entablillar un brazo | 1 ochavo |
Y aquí está la línea que separa a Dágata de sus vecinos. La herbolaria trabaja con hierba y no con hilo, y la Ley es clarísima: el arte innato está prohibido porque no se puede inscribir. Una herbolaria que además es sensible y no lo ha declarado es una bruja, y hay cazadores que viven de la tercia del delator. Todo el mundo en un pueblo sabe si la suya cura demasiado bien, y todo el mundo se calla, hasta el año en que alguien no se calla.
Es, con diferencia, el gancho más usable de este documento: la que cura al pueblo es también la que el pueblo puede vender.
3 · El barbero, la botica y el hospital
El barbero sangrador es el cirujano de Dágata y no tiene mejor nombre. Corta pelo, saca muelas. sangra, cose y, si no hay más remedio, amputa. Tiene gremio, tiene libro y por tanto sí hace prueba: el parte de un barbero vale en un tribunal para acreditar una herida, y de ahí que en una riña de taberna lo primero que hace el listo es ir al barbero.
La botica mayor es la tercera licencia personal del Rey, después de la hoja y la pólvora. y la razón es la de siempre: quien sabe destilar sabe envenenar. Diecinueve boticas mayores en todo Dágata, todas en ciudad, con el libro sellado y la obligación de anotar a quién se le vende lo que mata. Ese libro es una de las tres o cuatro fuentes de información realmente peligrosas del Reino, y un boticario que lo enseña sin orden del tribunal pierde la licencia y la licencia no vuelve.
El hospital existe y no es lo que parece. Se llama casa de los que no tienen a nadie, hay nueve en el Reino —una por ciudad grande, más la de Méleni, que es otra cosa— y las llevan ordenados de Tirian, dios de la comunidad y de la curación. No las lleva un cabildo: Tirian no tiene catedral y por tanto no tiene cabildo en ninguna parte, y cada casa la gobierna la maestra de la casa, elegida a mano alzada por los que sirven en ella y sin más confirmación que la del cabildo de Murnos que la ordenó. No se cura casi nada allí: se da cama, caldo y compañía a viejos, tullidos y soldados rotos que se quedaron sin ración. Muere en ellas mucha gente y ése es el oficio.
Se sostienen con donación y con una cosa concreta y fea: el que entra deja lo que trae. Un hombre sin nadie que llega a morir a la casa de Ságata deja su hatillo, y de esos hatillos se paga el caldo del siguiente.
4 · El sacerdote, y por qué no cobra
Los preceptos de Sylvara dicen, con esas palabras: no negar curación a quien la busca. Los de Tirian van por lo mismo.
Eso significa que en Dágata, por precepto y no por ley, un sacerdote de Sylvara o de Tirian no puede cobrar por curar y no puede negarse. Ningún Duque lo ha legislado y ninguno podría.
Y el precepto obliga al sacerdote, no llena el templo de sacerdotes. Son unos sesenta en todo el Reino, así que lo que raciona la curación divina no es el dinero: es la cola. En el templo de Sylvara de Bisak la cola empieza de noche y el sacerdote atiende hasta que no puede, y lo que decide quién entra es el orden de llegada y no la bolsa — lo cual, en un reino con quince casas condales, ha producido más de una escena memorable en la puerta.
El hechicero con cédula es otra cosa y sí cobra: una rueda por jornada de trabajo, que son tres semanas de peón. Doscientas cuarenta cédulas vivas en el Reino y no todas curan. Un hechicero cura porque le pagan; un sacerdote cura porque si no, su dios deja de contestarle. La gente de Dágata entiende perfectamente esa diferencia y ordena su desconfianza en consecuencia.
5 · La peste
Lo que hace un pueblo cuando empieza a morirse.
Primero se calla, tres o cuatro días, porque decirlo arruina la feria. Esos días son los que matan.
Luego lo dice el concejo, y aquí Dágata tiene un procedimiento escrito que sale de la Hambruna de 733–735, cuando se cerraron pueblos a lanzadas y sin papel y murió más gente de hambre que de enfermedad. Lo que se sacó de aquello es la Cédula de Cierre.
La pide el concejo, la da el tribunal del condado, y mientras dura hace tres cosas: nadie entra ni sale, se suspende toda deuda y todo plazo dentro del pueblo, y la Corona alimenta al pueblo cerrado — grano del granero real por el camino, dejado fuera de la raya.
Lo tercero es lo que la hace cara y por lo que se da poco. Cerrar una villa de tres mil personas cuesta a la Corona unos ochenta marcos al mes de una caja de ochenta y ocho mil al año, y el tribunal que la firma lo sabe. Se han dado once cédulas en ciento veinte años. Cuatro llegaron tarde.
Y una consecuencia que se juega sola: con Cédula de Cierre se puede quemar a los muertos, que es la única circunstancia ordinaria en que Dágata quema. Un pueblo que ve humo en el cementerio de otro sabe exactamente lo que está pasando y a qué distancia está.
El aire y el agua. Nadie en Dágata sabe qué produce una peste. La teoría de la escribanía es el aire corrompido; la de las herbolarias, y llevan razón sin poder demostrarlo, es el pozo. Cuando llega el mal, las herbolarias mandan hervir y las autoridades mandan quemar hierbas olorosas, y no se han puesto de acuerdo en trescientos años.
6 · Lo que se muere de qué
De cada cien niños nacidos, veinte no llegan al año y treinta no llegan a los diez. El que pasa de diez tiene por delante una vida razonable: la edad media al morir, contando sólo a los que pasaron los diez, ronda los cincuenta y cinco, y hay viejos de ochenta en todos los pueblos.
Se muere de fiebres, de parto, de heridas que se pudren y de invierno. La herida que se pudre es la gran causa de muerte de gente joven y sana, y es exactamente por lo que un grupo de aventureros que se juegue las heridas en serio va a querer saber dónde está la herbolaria más cercana antes que dónde está la taberna.
Y una cosa que en Dágata todo el mundo sabe y nadie explica: al que le sana bien una herida fea. alguien le ha hecho algo. O el sacerdote, o la herbolaria que no está inscrita.
El año de fiestas
1 · Fiesta no es feria, y conviene no confundirlas
La feria es una carta del Rey que suspende la ley de vender: catorce en todo el Reino, con fecha fija, y son de comercio. La fiesta no la autoriza nadie. Se hace porque se hizo el año pasado.
A veces coinciden y entonces el pueblo tiene la semana buena del año. Casi siempre no coinciden, y el que va a la Era de Íbeca a comprar trigo se encuentra la villa trabajando.
2 · Cuatro alturas, y en cada una paga otro
La regla ya estaba dicha: las fiestas las convoca quien paga la comida. Lo que faltaba es que en Dágata quien paga cambia según la altura, y de ahí sale toda la política menuda del asunto.
| Altura | Cuántas | Quién paga | Qué se juega |
|---|---|---|---|
| La patronal | una por población, 43 | el concejo y la cofradía del oficio | nada, y por eso es la buena |
| La condal | quince | el conde, de su bolsillo | su reputación durante un año entero |
| La ducal | siete | un gremio o un templo, nunca el Duque | dinero |
| La del Reino | una | la Corona | el Día de las Manos |
Un Duque no paga ninguna fiesta y un conde paga una. Eso, que parece un detalle de contabilidad. es lo que hace que en Dágata la gente sepa el nombre de su conde y no el de su Duque.
3 · La patronal
Cada población tiene un día suyo, y no lo elige un santo: lo elige el oficio del que vive el pueblo. Se dedica al dios o al Hijo de ese oficio, dura del mediodía al mediodía siguiente, y la paga el concejo con lo que sobró del año más lo que ponga la cofradía mayor.
Sale sola en cuanto se sabe de qué vive el sitio, y por eso conviene tenerla como fórmula antes que como lista: de qué vive → qué dios → qué se hace ese día.
| De qué vive | Dios | Lo que se hace |
|---|---|---|
| Hierro, forja, cantera | Murnos ⟨y Vandar⟩ | Se apaga la fragua un día entero. Es lo único del año que la apaga |
| Mar, río, barca | Eminta | Se echa una barca sin nadie dentro y se mira adónde va |
| Grano, huerta | Zehena ⟨y Sylvara⟩ | Se ara un surco que no se siembra, y se deja |
| Ganado, monte | Zehena | No se mata res, ni la que tocaba |
| Bosque, madera | Sylvara | Se planta un árbol por cada muerto del año |
| Letras, escribanía, libros | Arcazet ⟨y Therad⟩ | Se lee en voz alta el Libro de los Días entero |
| Camino, posta, arriería | Zelthar | Se corre. Literalmente: carrera a pie hasta el mojón y vuelta |
| Curtido, tejido, taller | Tirian | Se regala una pieza a quien no tiene |
| Sal, marisma | Eminta | Se deja sin coger la sal de una era, y al año siguiente es de quien la coja |
Y una que no encaja en la tabla porque es de Méleni: bajo tierra la patronal es el día que no se pica, y ese silencio de veinticuatro horas en siete niveles de galería es, dicho por los que lo han oído, lo más raro que se puede sentir en Dágata sin que pase nada.
El Sin Cara
En casi todas las patronales del Reino, y en todas las de Ságata y Parls, aparece el Sin Cara. uno del pueblo con una máscara de madera lisa, sin rasgos, que durante esa noche puede decirle cualquier cosa a cualquiera. Al alguacil, al cura, al recaudador, al conde si está. No se le contesta y no se le toca.
Al día siguiente la máscara está colgada en la Casa del Concejo y nadie sabe quién la llevaba. Todo el mundo lo sabe. Ese es el trato.
Ha acabado dos veces en tribunal en ochenta años, y las dos el tribunal falló que lo que dice el Sin Cara no consta, porque no consta quién lo dijo. Un conde listo se ríe la primera vez. Uno tonto manda apartarlo, y entonces ya tiene un problema que dura años.
4 · Las quince condales
Una por condado, la paga el conde, y es el único día del año en que un campesino come de la mesa de su señor. Se mide con una crueldad tranquila: si en la condal se sirvió carne o no, y si la cantidad llegó al último. De un conde que sirvió corto se habla hasta la siguiente.
| Condado | Fiesta | Estación | Qué se hace |
|---|---|---|---|
| Lakme | La Barca Franca | IV | El derecho de barca no se cobra ese día, y cruza el lago quien quiera. Es la víspera de la Feria de la Sal |
| Íbeca | La Última Gavilla | II | La gavilla que cierra la siega se lleva en volandas al granero. Quien la ata guarda la cinta un año |
| Saecta | La Piedra Blanca | III | Se saca del mármol una pieza para el pueblo, no para vender. Llevan cuatrocientos años y la plaza está empedrada de sobras de mármol |
| Erradia | La Cuenta del Humo | V | Se leen los partes de las Vigías del año en la plaza. Se lee la cifra, no lo que dicen |
| Garador | La Llegada | V | El día que baja la caravana de Norvia. No tiene fecha fija y el pueblo entero deja de trabajar cuando aparecen |
| Hulla | La Que No Se Nombra | I | Conmemora los diecinueve meses de 341 sin Rey y que Parls entró «a mantener el orden». Se hace en silencio, con la puerta del concejo abierta. Es una fiesta contra Parls celebrada dentro de Parls |
| Ciudad Delta | El Reparto de los Canales | II | Se sortean los brazos del delta para el año. Es la fiesta más cara y más vigilada del Reino, y la Cofradía del Junco pone la comida |
| Kórnik | La Yunta | I | Coincide con la feria. Concurso de yuntas, y el conde da el arado nuevo |
| Neviv | La Suelta | III | Los potros del año salen de la yeguada por la calle mayor y hay que apartarse. Se rompen huesos casi todos los años |
| Rivelan | La Mostranza | III | Ya escrita: la cripta vacía. La única condal que se ha hecho famosa fuera |
| Bródega | La Cuenta | cada 7 años | Ya escrita |
| Algés | El Reparto de Presas | V | Se lee en público lo que entró de presa el año. Lo que se lee y lo que entró no coinciden, y el pueblo lo celebra igual |
| Yanal | El Agua Fría | VI | Se apagan las fraguas de dentro de la muralla y por un día se ve el cielo sobre Yanal. Mucha gente sube a la torre sólo a mirarlo |
| Verimeth | La Cata | IV | Se cata la miel del año y se fija el precio a viva voz. Quien no está, paga el precio que salga |
| Vento | La Salva | I | Tres disparos de la batería del conde sobre el mar vacío. Cuestan cuarenta marcos y Brienn los paga desde hace treinta años sin que nadie se los reclame |
5 · Las siete ducales
No las paga el Duque. Las paga quien tiene interés en que se hagan, y en cinco de los siete casos eso es un gremio.
Llágata · la Vendimia de la Vega. Nueve días, la paga la cofradía de los lagares y va toda la corte. Es la fiesta más cara y más fina del Reino, y a la que hay que ir a que te vean.
Parls · la Muestra del Muro. Se mide lo que se avanzó el descosido en el año y se marca la piedra con la fecha. La paga el condado, y es una fiesta que celebra que se ha condenado a gente. Nadie de fuera lo entiende.
Ságata · el Silencio. Ya escrito: tres días en que la ciudad baja el volumen. Lo pagan las casas de Brumath, que es lo mismo que decir que no cuesta nada.
Méleni · el Fuelle. Cuando se enciende el horno grande después de la limpieza anual. Lo pagan las casas enanas juntas, dura lo que tarda en subir la temperatura —dos días— y suben a verlo tres mil humanos que no pueden acercarse.
Cands · la Botadura. Ya escrita.
Bisak · la Lectura. Un día en la Torre del Horizonte en que cualquiera puede entrar a oír. Lo paga la Torre y es publicidad: de ahí salen la mitad de los que luego pagan matrícula.
Sálama · los Brazos. Cierra el año, en la Cerrada. La pagan los tejedores, y lo que de verdad se hace es contratar: el que quiere trabajo se pone en la plaza con la manga arremangada, y de ahí el nombre.
5 bis · El Apuntalado, la única en que el dinero sube
No es patronal, no es condal y no es ducal, así que no cabe en la tabla de las cuatro alturas: el Apuntalado no lo convoca nadie y lo paga cada casa la suya. Es la fiesta grande de la Estación V, la Larga, que es de Murnos, y consiste en trabajar. Se revisan los puntales de las galerías, las vigas de los tejados y los pretiles de los puentes, y lo que está vencido se cambia ese día y no otro.
Lo que la hace distinta de las otras siete es de contabilidad: se paga al que sube, y se paga más que cualquier jornal del año. Cuatro granos por tejado en Méleni, seis en Rivelan, que es lo que cuesta que alguien suba con hielo; un maestro cantero ese día gana menos que el chaval que le lleva las cuñas, y el chaval lo sabe. En los ducados del sur, donde no hiela, se paga por costumbre lo mismo y se sube a mediodía con sol, que es la clase de detalle por el que un norvio se ríe de un sálamo.
El rito dura lo que se tarda en decirlo: el ordenado de Murnos pone la mano en el puntal nuevo y no dice nada. Si al año siguiente sigue en pie, no se comenta. Si cae, se comenta durante años, y en Parls se recuerda todavía el pretil del Vado Rojo, que cedió en 838 con catorce encima.
Y una advertencia para quien dirija: el Apuntalado no para el trabajo, y la que lo para en esa Estación es la Noche de los Hitos, que es de Zarthax, hijo de Nucro. Un hijo del dios borrado se come la fiesta grande de Murnos y lleva ochocientos años haciéndolo. La Boca del Yunque lo llama irregularidad. Nadie en Dágata se ha molestado en corregirla, porque la fiesta la convoca quien paga la comida y a los muertos los entierra todo el mundo.
6 · Los Cinco
Los cinco días del final del año no pertenecen a ninguna Estación, y tampoco a ningún dios, y en ellos la ley queda en suspenso. Es la parte del calendario que más se malinterpreta desde fuera, así que conviene decir exactamente qué pasa.
No pasa que sea legal hacer cualquier cosa. Pasa que los tribunales no abren y lo hecho en esos días no se puede llevar después a ninguno. No corre plazo, no se cobra deuda, no empieza condena, no se firma contrato que valga. Un escribano que asiente algo en los Cinco comete falta.
Y como no hay ley, sale lo que había debajo, que es más viejo y más duro: la tregua de los Cinco. que tiene dos artículos y los sabe recitar un niño.
En los Cinco no se cobra y no se mata.
Romperla no es delito, porque no hay delito esos días. Es peor: al que lo hace no se le vende, no se le fía, no se le casa a los hijos y no se le entierra en el mismo sitio, y eso no dura un año, dura tres generaciones. En Dágata se cuenta el caso de una familia de Trenac a la que en 812 se le recuerda todavía.
Los concejos sacan a los mayorales: hombres y mujeres del pueblo, sin armas, con una vara blanca. que no tienen ninguna autoridad y a los que se obedece porque no hay otra cosa a la que obedecer. Sirven un año, no cobran, y se elige a suertes entre los que ya han servido de otra cosa.
Lo que sí se hace en los Cinco: se perdona. Se paga lo que se debe de palabra —que no vale nada esos días y por eso vale— y se hacen las paces. Un pleito de linde que lleva doce años en el tribunal se arregla en una tarde de los Cinco delante de dos vecinos, y luego, ya en Estación I, se lleva a asentar. Los jueces del Reino lo saben y les encanta: los Cinco son el mejor tribunal que tiene Dágata y no es un tribunal.
Y el quinto día, que es el último del año, no se come. Se ayuna hasta que sale la primera estrella y entonces se cena de golpe, en la calle, todo el pueblo. La costumbre no tiene dios detrás, y eso en este mundo es raro.
7 · Folclore, y quién lo aguanta
Las canciones que sí viajan. Las que llevan las cuadrillas de la Vuelta y las que canta Eldwin, que es cosa distinta: una canción de Eldwin fija una versión, y por eso lo que Dágata cree del Otoño Negro es la letra de un hombre vivo.
Tres supersticiones de las que se dicen en voz baja. Que en la Noche de los Hitos no se debe llamar a nadie por su nombre en el camino de vuelta, porque puede contestar otro. Que el arado que se deja en el surco de la patronal no se toca hasta la siega, y el que lo mueve pierde la cosecha. Y que un niño nacido en los Cinco no está inscrito en ninguna parte hasta Estación I, así que durante unos días no existe — lo cual es literalmente cierto, porque el escribano no puede asentar, y de ahí salen la mitad de las historias de niños cambiados del Reino.
El turismo de fiestas. Existe y tiene nombre feo: a los que van se les llama los de la manga. por la cinta que se cose el que ha subido siete veces al Paso del Rey y por lo que acaban llevando cosidas los que coleccionan fiestas. Son gente con dinero y sin oficio, o mercaderes que hacen coincidir la ruta, y en las villas se les recibe bien porque gastan y mal porque se les nota. Se puede hacer el año entero: la Yunta y la Salva en I, la Última Gavilla en II, la Suelta y la Mostranza en III, la Cata y la Barca Franca en IV, el Reparto de Presas y la Cuenta del Humo en V, y el Agua Fría y la Llegada en VI. Ocho mil kilómetros y once fiestas, y hay tres o cuatro docenas de personas en Dágata que lo han hecho entero más de una vez.
Fiestas, romerías y los sitios ya jugados
1. Los sitios ya jugados · un estante, no un mapa
Hay una lista de sitios que existen porque hicieron falta una noche: la cabaña donde estaba el portal, el risco donde se hizo el intercambio, la cueva del final del acto. Son verdad —se jugaron— y son minúsculos.
No van al mapa, y la razón es de higiene: un mapa con cuarenta chinchetas de sitios a los que nadie va a volver deja de ser un mapa y se convierte en un recordatorio. Pero sí van escritos, por una razón mejor: si una partida futura pasa cerca, tienen que seguir estando ahí. Esa es toda la regla — archivados sí, rotulados no.
Lo que hay en el estante
La mina, con su gruta cerrada décadas antes de que se abriera: laboratorio de alzamiento de no muertos, araña grande, y una elfa oscura que se fue por un portal. La mina sigue ahí y el pueblo no.
La isla del lago y su cueva medio sumergida, donde estuvo el campamento goblin de la bruma. Ver también: es donde pone Calgálanos.
La Cueva de las Estrellas, donde esperaba el druida Caelum y de donde salió el Corazón del Vínculo Etéreo. Tenía guardián en la entrada.
El claro de las dríades, donde se apareció Ydros. No es sitio fijo: las dríades lo llevan a uno. o no.
La fuente envenenada del río de montaña, cauce arriba del pueblo. Sitio pequeño y muy usable: una fuente que ya estuvo envenenada una vez.
La cabaña del portal rúnico, semiderruida, donde se metieron las hadas oscuras. El portal estaba en el suelo de la cabaña y nadie lo cerró.
El campamento del Fiero, tomado al asalto. Hoy sería un claro con hoyos de tienda.
De la comarca de Rivelan, misma época.
Los graneros del sur de Piedrablanca y el Mirador del Cuervo.
Del ciclo reciente, el de los personajes malvados.
El reducto de trolls del sur, aniquilado, y el sitio donde cayó el chamán orco. Sin coordenada: el bosque no está cartografiado por dentro.
2. Las fiestas
Dágata no tenía folclore escrito y ahora lo tiene. Nada de esto contradice nada; todo se puede cambiar el día que una partida diga otra cosa.
Fechadas desde el 5 de septiembre de 2026. El calendario está cerrado en —seis Estaciones de sesenta días más los Cinco— y las ferias, con el año entero condado por condado, en. Nada de lo de abajo ha cambiado: las Estaciones se dedujeron de estas mismas fiestas.
La regla que las ordena todas: en Dágata las fiestas no las convoca la Corona. Las convoca quien paga la comida, que es el gremio, el templo o el conde, y por eso el mismo día se celebra distinto en dos condados vecinos y nadie lo encuentra raro.
El Día de las Manos · Estación I
La única fiesta que se celebra igual en los siete ducados y en las tres islas, y la única que convoca el Reino. Conmemora la Ordenanza de las Manos de 704, la del Rey enano Thurin Durnok, que abolió la mutilación como pena.
Se celebra de una manera que a los forasteros les parece siniestra y a los dagatenses les parece obvia: ese día no se ejecuta ninguna sentencia en todo el Reino. Ni azotes, ni prisión que empiece, ni embargo. Los tribunales abren, se ve la causa, y lo que se decide empieza a correr al día siguiente.
Por la tarde se come en la calle, y en las Casas del Concejo se leen en voz alta los nombres de las cuatro veces en ciento cuarenta y seis años en que se autorizó tormento. Es una fiesta que se celebra recordando lo que no se hace.
La Mostranza · Rivelan · Estación III
La fiesta propia de Rivelan, y la más antigua del Reino. Un día al año se abre la cripta del Templo de Murnos y se enseña lo que hay dentro.
Lo que hay dentro es una hornacina vacía.
En la Época Oscura, la Mostranza era la exhibición de lo que la ciudad guardaba, y la ciudad guardaba una Obra. Hoy se abre la puerta, entra la gente en fila, mira el hueco, sale, y por la tarde hay feria, vino y una carrera de mulas por la Ciudad Vacía. Nadie vivo sabe qué hubo ahí. El cabildo sostiene que la costumbre es lo que importa; el conde Selvar lo llama, en privado, hacer cola para ver un agujero. Ver también.
Las otras seis
La Botadura · Cands y Yanal, Estación I. Se bendicen los cascos nuevos en la catedral de Eminta y se botan todos el mismo día, aunque alguno no esté listo — y el que bota sin estar listo paga la cena de los carpinteros.
La Feria de la Sal · Lakme, Estación IV. Quince días de mercado, la única vez al año en que el derecho de barca no se cobra, y por eso cruza el lago media Dágata. Es donde se ven los galendrios sin que nadie haga preguntas.
El Apuntalado · en todo el Reino, Estación V. La fiesta de la Larga, que es de Murnos. Se revisan los puntales de las galerías, las vigas de los tejados y los pretiles de los puentes, y lo que está vencido se cambia ese día y no otro. Se come poco y de pie, porque nadie para. Se paga al que sube: cuatro granos por tejado en Méleni, seis en Rivelan, y es el único día del año en que el jornal de un oficio humilde sube por encima del de un maestro. El ordenado de Murnos pone la mano en el puntal nuevo y no dice nada; si al año siguiente sigue en pie, nadie lo comenta.
La Noche de los Hitos · en todo el Reino, la noche más larga, que cierra la Larga. Se va al cementerio, se toca el hito de Zarthax al salir y no se habla en el camino de vuelta. Es la que de verdad para el trabajo en la Estación de Murnos, y es de un hijo de Nucro: el Apuntalado lo guardan los que construyen y poco más. No se lleva luz. Es la única noche del año en que las Casas del Concejo dejan la puerta abierta, por si alguien necesita entrar.
El Silencio · Ságata y las casas de Brumath, tres días de Estación IV. Se trabaja, se come y no se habla más de lo imprescindible. La ciudad entera baja el volumen y los forasteros lo odian.
La Cuenta · Méleni, cada siete años. Los enanos abren el registro de las casas y leen quién ha nacido y quién ha muerto desde la última. Dura cuatro días y a la ciudad suben tres o cuatro mil humanos a ver algo que no entienden.
3. Las dos romerías
La Subida al Paso del Rey. La corte sube dos veces al año a las Asambleas y toca las Piedras de Kalindra al pasar. Lo que no está escrito es que la gente sube la semana antes, a pie. por la misma calzada y sin nadie que la convoque: cuatro o cinco mil personas al año que suben, tocan las mismas piedras y bajan. No hay indulgencia, no hay milagro y no hay templo arriba. Se sube porque se sube, y quien lo hace siete veces se cose una cinta en la manga.
La Corona lo tolera con los dientes apretados: la calzada tiene que quedar despejada para cuando suban los Duques, y de eso se encarga la Guardia de Caminos en la peor semana de su año.
El Camino de los Vados. Siete días de Estación II en que se va de altar de vado en altar de vado por el curso alto del Sagaria, desde la Boca hasta Kórnik, dejando una moneda en cada uno. Son once vados y ciento veinte kilómetros.
Lo hacen sobre todo mujeres, y lo hacen por lo de siempre: por un embarazo que no llega, por uno que llegó, o por alguien que se fue en barco. Los sacerdotes de Eminta no lo organizan ni lo bendicen; se limitan a recoger las monedas después, como todos los años.
Y hay una costumbre fea que también es verdad: en el Camino de los Vados se roba mucho, porque va gente sola con dinero por sitios sin nadie, y las ventas de esa semana cobran el doble.
Lo que no se sabe
Qué se canta en el campo que no se canta en la ciudad. Hay coplas que sólo se cantan en voz baja, y la gente de ciudad no sabe que existen.
Cuánto lee de verdad el Reino. Uno de cada veinte de corrido, dicen las cuentas, y fuera de las poblaciones con escuela nadie ha contado.
Y quién cura cuando no hay nadie. Sesenta en todo el Reino, y la mitad no está en ninguna lista.