IV · El Torrente

La magia divina

Un sacerdote no canaliza. Pide. No toca el Torrente ni ninguna otra corriente: le habla a su dios, y su dios contesta o no. Por eso la magia divina no se parece a la del hechicero en lo único que importa: el sacerdote no decide cuánto le va a costar lo que pide. Lo decide lo lejos que esté eso de su dios.

Un hechicero calcula. Un sacerdote pregunta. Y a cambio no elige: le toca lo que su dios entienda por «lo que hacía falta».

Lo que pesa en una plegaria

Tres cosas, y ninguna es la fuerza del que reza.

Si es cosa suya. Lo que cae dentro de los dominios del dios se concede con facilidad. Lo que es de su estirpe —de su padre, de su hermano, de su hija— se concede peor, porque hay un intermediario: un sacerdote de Kalindra que necesita curar no recibe curación de Kalindra, que no es suya; Kalindra se lo pide a Tirian, y el que contesta es Tirian, y se nota en la respuesta. Lo que no es de nadie de su casa se puede pedir y cuesta. Y lo que es de un dios enemistado con el tuyo no se concede nunca: a Sylvara no se le pide la muerte de nadie.

Si le sirve a él. Dos sacerdotes que piden lo mismo no lo tienen igual de fácil. Cerrar una herida es lo más sencillo del mundo para un sacerdote de Sylvara, que tiene escrito no negar curación a quien la busca, y dificilísimo para uno de Orphos, que tiene escrito no ayudar a nadie sin sacar algo. Y lo que se pide para uno mismo se nota, y se paga.

Cuánto es. Hay cuatro alturas, y los sacerdotes las llaman por su nombre.

Se llamaQué esPor ejemplo
GraciaLo que el dios da por estar el sacerdote ahí. Dentro de su dominio y a favor de su precepto, no fallaLa herida deja de sangrar. La vela no se apaga. Sabes que el hombre miente
FavorLo que se pide y se concedeLa herida cierra. La puerta se abre. La fiebre baja
ProdigioLo que la gente cuenta despuésEl río se para. El fuego no quema. El moribundo habla
MilagroLo que rompe el mundo un momentoEl muerto se levanta. La peste se va del valle. El ejército ve al dragón

El milagro está al alcance de un sacerdote hecho, y falla dos veces de cada tres. Por eso se cuenta durante veinte años cuando sale.

Lo que el dios no mide

Un dios que hace algo lo hace bien. Si la plegaria pedía curar a los heridos de la sala, cura a los de la sala; si pedía que la fiebre no volviera, no vuelve. Hasta dónde llega y cuánto dura lo pone el que responde, no el que pide. Un hechicero se deja la piel en que su curación llegue lejos y aguante; un sacerdote no, y a cambio no elige.

Tampoco se esconde. Un hechicero con oficio aprende a lanzar callado y sin mover las manos; un sacerdote no, porque la plegaria no es suya, y a un dios no se le pide que baje la voz.

La cuenta

Un sacerdote no se vacía: debe. Cada cosa que pide por encima de la Gracia se apunta, y cuando la cuenta llega a lo que su fe aguanta, el dios calla y sólo queda la Gracia. La cuenta no baja durmiendo: se salda cumpliendo lo que el dios pide cuando cuesta y, entera, con una penitencia de su dios, de las que están escritas y duran semanas.

Romper un precepto llena la cuenta de golpe. Hasta la penitencia, sólo la Gracia. Y ésa es la forma en que un dios juzga a su sacerdote: no lo castiga, deja de contestarle, y en un mundo donde lo divino se comprueba delante de gente, eso se nota enseguida. Las penitencias de cada dios están en la Tabla de los Preceptos.

Mayores e Hijos

A un Hijo se le reza. A un Mayor se le invoca. Un Hijo está despierto y contesta ahora, en el momento, y se cobra. Un Mayor duerme: se le invoca en un rito largo, con templo o sin él pero con tiempo, nunca en mitad de una pelea, y lo que trae no falla, no se cobra en la cuenta y no se discute.

Por eso los enanos rezan a dos caras de Murnos, Brontar y Khaerud, que contestan como Hijos, y dejan al dios para lo que merece un rito. Y por eso Nucro es tan distinto: es el único Mayor despierto, y dentro de Umbrosia contesta como un Hijo, al momento y a cualquiera de los suyos. Fuera de Umbrosia, atado por el Acuerdo, contesta como un dormido.

El Don

Cada uno de los veintiuno tiene una cosa que da y que no da ningún otro, y que no se presta ni entre parientes. Es su firma, no su arma: casi ninguno hace daño. Los veintiuno están en lo que concede cada dios.

Cuántos curan

Menos de lo que cree quien no ha necesitado uno. En Dágata, con casi seis millones de personas, hay unas sesenta que curan de oficio, las de Sylvara y los de Tirian: una por cada cien mil. La mitad no está ordenada y no sale en ninguna cuenta. Cualquier otro ordenado puede pedir una curación, y a veces la tiene, pero no es de su dios y la paga. La mayoría de los heridos del Reino se cura con hierbas, con tiempo o no se cura, y la herbolaria está en el reglamento y no aquí.

Lo que no se sabe

Si un dios oye todas las plegarias. Contesta las de sus ordenados, y a veces las de un devoto que no se ha ordenado nunca. Nadie sabe si las que no contesta las oye y las deja, o no las oye.

Qué oye un Mayor dormido. Contesta a un rito largo y no a una súplica, y los enanos dicen que el rito le llega como a uno le llega el ruido de la casa mientras duerme. Si es así, lo que da es enorme porque no está despierto para medirlo.

Y quién contesta a los sacerdotes de Cynara. Reciben lo que piden. Su diosa está sellada en una urna. O la urna deja pasar la voz, o alguien contesta por ella.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
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