VII · Lo que habita

Lo que se cría

Cuatro o cinco animales y ninguno más: entre eso y el hambre no hay nada.
Cuatro o cinco animales y ninguno más: entre eso y el hambre no hay nada.

Nueve de cada diez personas de Dágata viven del campo, y casi todas con cuatro o cinco animales y ninguno más. Un animal de corral no es una propiedad: es el margen entre un año flojo y el hambre, y por eso se pelea por ellos en el concejo, se roban de noche y se lloran cuando mueren. El caballo está en lo que se monta, y en una aldea normal no hay ninguno.

Una aldea de treinta casas tiene tres yuntas · el ganso avisa antes que el perro · la cera vale más que la miel Casi nada de esto es de un solo dueño: la yunta, el semental y el colmenar se comparten, y el reparto se hereda.

Los que tiran

Arar, acarrear y guardar. Los animales caros: los que se aseguran entre vecinos y los que arruinan a una casa al morirse.

El asno
El animal de verdad del pobre. Carga cuatro arrobas, mueve la muela, vive de cardo y paja mala y aguanta doce años. Una casa sin asno no lleva el grano al molino: lo lleva a la espalda.
El mastín de guarda
No pastorea: se sienta. Lleva carlanca, un collar de púas de hierro contra la dentellada en el cuello, y hacen falta dos o tres por rebaño. No persigue al lobo: se pone delante y no se mueve. Come carne, y por eso hay pocos.

El buey de yunta

No se dice un buey: se dice una yunta, porque el arado de vertedera pide dos. Una yunta hecha cuesta lo que junta una familia en ocho o nueve años, así que casi nunca es de una familia. Es de tres, o del concejo, y el orden en que cada casa la usa se discute todos los años.

Qué es
Un par de bueyes castrados, trabajados juntos desde los dos años. Lentos, fuertes, y comen paja: un caballo de labor come grano, y el grano se lo come la gente.
Dónde
El valle del Sagaria y la campiña de Llágata. Una aldea de treinta casas tiene dos o tres yuntas y no más, y se sabe de quién es cada una.
Qué quiere
Su compañero. Si muere uno, el que queda no trabaja bien con otro en toda una estación, y a veces no vuelve a trabajar bien nunca.
Cómo se nota
Por el ruido. El yugo chirría y se oye a media legua antes de que se vea nada, y la aldea sabe por el chirrido quién va y adónde.
Qué deja
Estiércol, que es la mitad de su valor y se reparte con la misma discusión que el uso. Y a los diez años, cuero y carne dura.
Lo que falla
Prestarla sin condiciones. Una yunta devuelta coja en la Estación I deja sin sembrar a tres casas, y de ahí salen los pleitos más largos del condado.

El perro de pastor

Mediano, rápido y sin fuerza para nada. No guarda: mueve. Trabaja a silbo, a veinte pasos o a trescientos, y uno hecho entiende ocho o diez señales. Vale lo que tres ovejas y casi nunca se vende: se regala a quien conviene tener contento, y las camadas se apalabran antes de nacer.

Qué es
Criado para rodear el rebaño y devolverlo, no para pelear. Contra un lobo no sirve, y él lo sabe.
Dónde
La sierra de Méleni, el Bosque del Sur y toda cañada de trashumancia. Duerme fuera, con el rebaño, los seis meses que el pastor está fuera.
Qué quiere
Trabajar. Un perro de pastor encerrado en un corral se estropea en dos estaciones y ya no vuelve.
Cómo se nota
En cómo se mueve el rebaño: en bloque y sin correr. Primero se oye el silbo del pastor, luego el rebaño, y al perro casi nunca.
Qué deja
Cachorros, que son el único dinero que un pastor fabrica. Un pastor con fama de sacar buenos perros come en cualquier aldea de la cañada.
Lo que falla
Confundirlo con el mastín. El que deja el rebaño de noche al perro de pastor y se lleva los mastines a casa amanece con cuarenta ovejas muertas y un perro vivo.

Los que dan

Aquí está el año entero: qué se come, qué se viste y con qué se paga.

La vaca
Leche, un ternero al año y el ahorro de la casa. Se vende en la feria de la Estación V cuando hay que pagar algo grande, y venderla es una mala noticia que los vecinos entienden a la primera.
La oveja
La lana paga el diezmo. Se esquila en la Estación II, a mano y en dos días, y del esquileo vive medio Cands. La carne es lo de menos.
La cabra
Come lo que no come nada y da leche cuando no da nada más. Se mete en los rodales viejos y se lo pela todo, y un rodal pelado se cierra: las arboledas no castigan a nadie, se van. Por eso hay concejos que prohíben la cabra suelta, y es el pleito de aldea más corriente que existe.
El cerdo
Se ceba con las sobras del año y se mata en la Estación VI, con frío, entre cuatro vecinos y en una mañana. De él vive la casa hasta la siguiente. No se tira nada, y quien tira algo lo oye.
La gallina
El huevo es la moneda pequeña: se paga con huevos al herrero, a la partera y al chico del recado. La que deja de poner entra en el puchero ese mismo día.
El ganso
Avisa mejor que el perro. No duerme como un perro, no se calla con un trozo de carne y arma un escándalo que levanta la aldea entera. Da pluma, grasa y carne que se guarda. Muerde, y tira a un niño.
Las abejas
Colmenas de corcho o de tronco hueco, ocho o diez por aldea. Dan miel y dan cera, que vale más: los templos queman cera y la compran toda.

La miel es dinero. En una aldea pasan por año menos monedas que casas hay, así que las multas del concejo, parte del diezmo y la mitad de una dote se pagan en cántaros de miel, medidos delante de testigos. Las colmenas son de una persona, no de la tierra, y un enjambre que se va sigue siendo suyo: puede perseguirlo por finca ajena mientras no lo pierda de vista, y si lo pierde es del dueño del árbol donde pare. Eso está en la costumbre de tres ducados con las mismas palabras.

Los de la casa

El gato de granero
No es de nadie y nadie lo alimenta a propósito: un granero con gatos pierde una quinta parte menos de grano. Se le deja leche cuando hay, y una aldea que se queda sin gatos lo sabe en una estación. De lo otro que hace el gato, lo de quedarse mirando la pared, se habla en otra parte.
La paloma de palomar
Pichones en la Estación I, que es carne fresca cuando no hay ninguna, y palomina para la huerta. Las de volver con recado son otra cosa y están en lo que vuela.
El hurón
Se lleva en un saco y se echa a la madriguera para que el conejo salga a la red. Muerde a quien lo saca mal. Limpia un granero de ratas en una noche, y se presta de aldea en aldea con la misma ceremonia que una yunta.

Las palomas de la Ciudad Vacía

Rivelan tiene siete mil quinientos vecinos dentro de un recinto que se hizo para cuarenta mil. La villa viva ocupa el rincón de poniente detrás de una muralla propia; los otros tres cuartos son la Ciudad Vacía, calles que se siguen andando y casas sin techo que nadie guarda. Eso, para una paloma, no es una ruina: es el mejor palomar que se ha construido nunca en Valdrinia, y se construyó sin querer. Cada ventana sin marco, cada mechinal, cada hueco de viga y cada alacena abierta al aire es un nido con pared de piedra y salida al sur. La única cuenta que existe la hizo el síndico Gaudén Braz hace unos años, para él solo y sin escribirla en ningún libro: treinta y dos mil huecos aprovechables. A cuatro pares por hueco, que es lo que hay en la Estación II, salen más de ciento veinte mil aves.

Comen del Paso. Rivelan cobra portazgo a todo lo que sube de Mafil, y lo que sube en carro es grano: de cada carga que entra por la Puerta Alta y sale por la Puerta Baja se queda en el empedrado lo que se queda siempre, que parece nada y alimenta a una ciudad de pájaros. La colonia es un contador del tráfico. El invierno que la cadena cierra el collado dos meses, en primavera hay la mitad de nidos ocupados, y cualquiera de la villa lo sabe decir sin haber contado nada.

Y la villa vive de ellas más de lo que reconoce. Se cogen de noche, con red y sin luz, en la Estación I y otra vez en la V, y el Mercado Bajo vende pichón nueve meses al año: un cesto de doce a seis granos, y el mismo cesto al otro lado del Paso va a veinticuatro. La fortaleza guarda grano para trescientos días y grano es lo que guarda; la carne fresca que comen mil seiscientos hombres entre la Estación VI y la II baja de la Ciudad Vacía en cesto. Y está la palomina, que es la otra mitad del asunto: en una hoya de roca no hay tierra de labor, así que las huertas de Rivelan están fuera del muro, en los patios y los solares de la ciudad muerta, y se abonan con lo que lleva cuatrocientos años cayendo de los techos que ya no existen. Hay cuartos cerrados donde eso cubre el tobillo.

En público no hay palomar y no hay colonia. Hay palomas del campo, que no son de nadie y se las queda el que las coja, y ésa es la frase que dicen igual el Comandante, el conde y el síndico, que en lo demás no coinciden en nada. El motivo es de derecho y no de vergüenza: un palomar tiene dueño y las aves de un palomar son de su dueño, lo mismo que las colmenas. Si la Ciudad Vacía se declara palomar, alguien es su dueño, y la Ciudad Vacía es justamente lo que no es de ninguno de los dos: es el único terreno de Rivelan sobre el que el Comandante y el conde no tienen que pelearse, y por eso llevan ochenta años sin levantarse de la mesa. Hay un segundo motivo, más incómodo. La guarnición hace batida dos veces al año y siempre encuentra hogueras apagadas hace poco. Reconocer que ahí fuera hay comida para quien la coja es reconocer por qué vive gente ahí fuera.

Qué es
La paloma de palomar de toda la vida, la misma de la que se sacan pichones en cualquier aldea del Sagaria. Ni más grande, ni más lista, ni otra cosa. Sólo hay muchísimas.
Dónde
Los tres cuartos de Rivelan que no se habitan, dentro de la Corona de Piedra. Más densas en el brazo de levante y alrededor del estadio, que es donde quedan más muros altos en pie.
Qué quiere
Hueco seco, alto y con salida, y que no se suba nadie dos veces al mismo sitio. Por eso las redadas se turnan por barrios y nunca se repite barrio dos años seguidos, cosa que el concejo no ha ordenado jamás y que hacen todos.
Cómo se nota
Desde la rampa de las siete revueltas, subiendo, la ciudad muerta está blanca y la villa gris, y el forastero cree que es otra piedra. Y al amanecer se levanta entera de golpe: un ruido como de lluvia fuerte que dura medio minuto y se oye desde el nudo de la calzada, veintitrés kilómetros abajo.
Qué deja
Palomina, que es la mitad de la huerta del condado, y pichón, que es la carne de invierno de la guarnición. Y una capa blanca sobre lo que fue la catedral, el palacio de congresos y el estadio, que es lo que ha impedido que nadie con dinero se plantee rehabilitarlos.
Lo que falla
Contarlas en voz alta. El que las cuenta las convierte en un palomar, el palomar tiene dueño y el dueño tiene que salir en un libro. Braz hizo la cuenta y no la escribió, y es el hombre más listo de la ciudad.

La pregunta que se hace cualquiera en cuanto sube es por qué no se acaba con ellas, y la respuesta tiene cuatro partes y ninguna es sentimental. La guarnición se queda sin carne fresca cuatro meses al año y pasa a comer salazón traída por la rampa, que sube al doble de lo que baja. Las huertas dan la mitad en dos temporadas y no se recuperan en menos de diez. Los que viven en la Ciudad Vacía, que son unos cuantos y comen de lo mismo, bajan a la Puerta Alta a pedir, y una plaza de guardia con la licencia de armas contada no quiere a ochenta personas hambrientas delante del cuerpo de guardia. Y la cuarta, que es la que de verdad impide la orden: el que manda exterminarlas deja probado que había un palomar, y a la mañana siguiente lo reclaman el conde y el Comandante a la vez. Por eso nadie va a darla nunca, y por eso en Rivelan lo que hay ahí arriba son palomas del campo.

Lo que sale mal

Lo que un aldeano teme de verdad no tiene colmillos.

La peste del ganado
Llega con una feria. Empieza con dos vacas que no comen y en veinte días se lleva la mitad de las reses de un valle. Lo único que sirve es matar y enterrar pronto, y nadie lo hace pronto. Las fosas se señalan con una piedra de Zarthax para que nadie are allí, y siguen en los prados ochenta años después.
El lobo en el redil
Dentro de un cercado mata mucho más de lo que come, y la mitad de las ovejas mueren aplastadas contra el muro por el propio rebaño. Un redil abierto de noche arruina cuatro casas. Del lobo en el monte se habla en lo que anda por el bosque.
El ternero que nace mal
Dos cabezas, o las patas al revés, o nada que se pueda nombrar. La gente lo lee como que Sylvara ha apartado la mirada de esa casa, y durante un tiempo nadie compra allí. Se entierra sin hablar. Si la casa tiene con qué, llama a un sacerdote de Sylvara, que viene, dice que no es señal de nada y cobra por decirlo.

Lo que no se sabe

Cómo viaja la peste. Aparece siempre después de una feria, pero nadie sabe si va en la res, en el hombre o en la paja del carro. Se han prohibido ferias tres veces en Llágata y las tres se levantó la prohibición antes del año, porque la feria es de donde sale el dinero del condado.

Si las abejas se enteran. En el Sagaria se le dice a la colmena cuando muere el dueño de la casa, en voz alta y llamándola de usted, y quien no lo hace pierde el enjambre. No lo ha comprobado nadie. Tampoco hay quien quiera ser el primero.

Y qué entra en algunos rediles. Hay noches en que aparecen cuarenta ovejas muertas y ninguna comida, y eso un lobo no lo hace dos inviernos seguidos en el mismo valle. Pasó en Parls, y en el concejo se acordó por unanimidad decir que había sido un lobo.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
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