VII · Lo que habita

Lo que anda por el bosque

Quien sabe de bosque sabe primero de lobos.
Quien sabe de bosque sabe primero de lobos.

Lo que más mata en un camino de Valdrinia no es un dragón ni un esfixie: es el lobo en invierno, el jabalí que no se aparta y el oso que tiene cría. Lo raro existe, y está más adentro. Casi todo lo peligroso del bosque es un animal que hace lo que hace un animal, y quien lo sabe leer vuelve a casa.

Lo que manda en el monte es quién ve primero Un felino empieza la pelea cuando quiere. Un lobo, cuando son tres. Un jabalí, cuando no le dejas otra.

Lo de todos los días

El lobo
Solo es poca cosa. En jauría de tres o más es otra, y lo sabe. Baja a los rediles en los inviernos malos, y en Dágata hubo un año, el de la Hambruna, en que se pactó con ellos para que no bajaran.
El jabalí
Si viene de lejos, viene con todo el peso. Herido no huye: se vuelve.
El oso
Grande, lento hasta que deja de serlo, y con dos garras. No busca pelea. La encuentra cuando alguien se mete entre él y la cría, o entre él y la colmena.
La araña gigante
En los bosques viejos y húmedos. Teje donde se pasa, y su veneno agarrota. Se la oye antes que se la ve si se sabe qué oír.
La serpiente
La del monte muerde y se va. Su veneno agarrota los músculos, y lo que mata no es la mordedura sino caerse en mal sitio.
El cuervo
No es peligroso hasta que hay heridos. Va a los ojos.
El ciervo y el corzo
Comida que anda, y por eso el mejor aviso que hay: un bosque donde el ciervo se ha ido tiene algo dentro. En la berrea de la Estación IV el macho embiste a lo que se acerque, y esa semana mata más gente que el lobo en todo el año.
El zorro
Del gallinero y del cepo ajeno. Roba lo que se deja fuera y no se deja ver, y en las aldeas se le cuelga de la tapia como aviso a los demás, que no sirve de nada.
El tejón
Poca cosa hasta que se le corta la salida. Entonces muerde y no suelta, y hay que abrirle la boca con hierro. El perro que lo saca de la tejonera sale marcado o no sale.
El lince de las jaras
Uno de los nueve, y el único que un aldeano ve de cerca alguna vez: caza conejo y se acerca a los ribazos de las huertas. No ataca a nadie. Se le culpa igual.
El gato montés
Del tamaño de un gato grande y con cinco veces su mala idea. Vive de lo que caza y baja a los pajares a criar. Cruza con los de casa, y el cruce sale peor que los dos.
El jabalí de bellota, en otoño
El mismo jabalí, pero en la Estación V baja a las encinas de los concejos y come donde comen los cerdos de la aldea. Ahí empiezan la mitad de los pleitos de monte del Reino.
La avispa de suelo
El nido va enterrado y no se ve. Lo pisa una yunta, y la yunta se desboca: lo que mata no es la picadura, es el carro.
La víbora de piedra
Corta, gris y quieta en las lindes de piedra caliente al atardecer. Muerde al que se sienta sin mirar. De cada diez mordidos se muere uno, y casi siempre por lo que le hacen después los que lo ayudan.

Los nueve felinos

Gato
Gato
Lince
Lince
Guepardo
Guepardo
Leopardo
Leopardo
Puma
Puma
Jaguar
Jaguar
León
León
Tigre
Tigre
Sabrelón
Sabrelón

Del que duerme junto a la lumbre al que sale en las canciones. Todos tienen la misma costumbre, y es la que hay que saber: empiezan la pelea sin que se les haya visto, y el primer golpe llega de donde no se miraba. Un grupo que camina charlando no ve nada. El que va vigilando el flanco, a veces. El que ha visto un rastro fresco y va buscando al animal, casi siempre. Por eso las huellas valen lo que valen.

FelinoDóndeLo que hay que saber
GatoCualquier casaNo hace daño. Sabe dónde hay una puerta falsa y dónde hay alguien escondido, y se queda mirando la pared
LinceEl monte altoSi falla el salto se va y no vuelve
GuepardoLlanuraCorre el doble un momento, y después se queda sin aire
LeopardoBosque cálidoTrepa como anda, y lo que agarra lo sube al árbol, donde se pelea solo
PumaSierraSalta desde lejos y sin carrerilla, y ataca al caer
JaguarSelva del surMuerde el cráneo. Nada, y ataca en el agua
LeónSabanaEn manada. Cazan ellas
TigreSelva y juncalDos zarpas y un mordisco a la vez
SabrelónNadie vivo lo ha visto en DágataEnorme y viejo, con garras como cimitarras que no para ninguna armadura y una piel de placas que no pasa una flecha. Es la única bestia que sale en canciones, y en Dágata sale en las canciones más que en ningún campo. Caza solo, y si se le estropea la caza, se va

Y el que no acecha: el Rastreador de Aventhara. En el desierto no hay dónde esconderse, así que no se esconde: te ve, te sigue y espera a que te canses. Caza de día y aguanta sin agua. Si huyes, vuelve esa noche, y la siguiente, hasta que uno de los dos se pare. Contra él no se vigila la maleza: se decide si uno se para a pelear o sigue andando tres días con él detrás.

Lo que no es un animal

El fuego fatuo
Una luz en el bosque, de noche, que se aparta cuando uno se acerca. No quiere matarte: quiere que te pierdas, y lo consigue más veces de las que la gente cuenta.
La dríade
Un espíritu atado a un árbol, de Zehena y de Sylvara, mujer siempre. Guarda el camino a la arboleda y decide a quién lleva. Muere con su árbol. Está en lo que guarda una arboleda.
El árbol viejo que despierta
Se mueve, muy despacio, y tiene mil años de motivos. A algunos los hace Pastores la arboleda.
La enredadera estranguladora
Inmóvil y paciente. Agarra lo que se mete.
El hombre lobo
Sólo la plata le hace daño de verdad. Lo demás se cierra solo. Hay alguien dentro, y a veces se le puede hablar.
El hombre oso
Del norte, más grande y más lento que el lobo, con la misma plata y la misma persona dentro.

El árbol que humea

Por el sur, el Reino no vigila el bosque: vigila el humo del bosque. Diecinueve baronías de la raya no deben lanzas ni dinero, deben encender si pasa algo; la Torre del Humo de Rivelan enlaza con la Vigía Espina y con el Paso; y cuando la Legión quiere saber cuánta gente hay dentro sube a la Corona de Piedra y cuenta columnas. De ahí salen los sesenta clanes con que trabaja Llágata. El Comandante de Yanal cuenta partidas de asalto y saca más de ciento veinte, y esa horquilla lleva ochenta años sin cerrarse.

Parte de la diferencia es un hongo.

Se mete por una herida de rama, se come el corazón muerto de un castaño o de un roble grande sin tocar la albura, y come caliente. El árbol sigue vivo y echa hoja veinte o treinta años con un horno lento dentro. Lo que sale por la copa rota en las mañanas frías no es humo: es vapor. Sube recto, dura dos horas largas y se deshace en cuanto el sol entra por el dosel. A cien pasos no engaña a nadie, porque huele agrio y una fragua huele a carbón. A dos leguas, que es la distancia a la que Dágata cuenta, no hay manera.

Qué es
Un hongo de corazón que se come la madera muerta de un árbol vivo y da calor mientras come. No es planta, no anda y no ha matado a nadie.
Dónde
Bajo el dosel del Bosque del Sur y en la vega baja del Sagaria, donde no hiela y no seca. Han aparecido dos en los castañares del alto Ságata y los dos se apagaron en un invierno.
Qué quiere
Madera muerta, quieta y húmeda, y que no le entre el frío por abajo. No se pega a la persona ni al ganado, y no hay una sola aldea que haya tenido que quemar nada por él.
Cómo se nota
La columna al amanecer, de la Estación VI a la II. El olor agrio de cerca. Y que el tronco está tibio al tocarlo en cualquier mes del año, que es la única prueba que sirve y hay que ir hasta él para tenerla.
Qué deja
El tronco hueco, seco y templado cuando el hongo acaba. Es lo único a cubierto que existe en ochenta kilómetros de espesura, y por eso todos tienen dueño: sirven de almacén, de fragua pequeña y de sitio donde parir. Los goblins saben dónde está cada uno. Rivelan no sabe dónde está ninguno.
Lo que falla
Contar humos. Una columna es un clan, un vivac, una carbonera o un árbol, y desde la muralla las cuatro son la misma raya gris. El error no va en la dirección que la gente supone: un vigía que cuenta de más informa de un enemigo que no está, y con eso se mueven legiones.

De aquí sale la respuesta a lo que pregunta todo el que mira el mapa, que es por qué el Reino no ha puesto nunca una guarnición dentro. Las tres razones de Llágata son de aritmética y están bien: no hay ejército para barrer mil kilómetros de espesura, lo pagarían tres ducados de siete, y quien destruya a una de las dos naciones del bosque le regala el bosque a la otra. La cuarta no la ha escrito nadie. Un puesto dentro del bosque es un hombre que no ve a doscientos pasos, que no puede ser relevado en menos de cuatro jornadas y que informa por el único medio que el bosque falsifica gratis. Un vigía al que se le puede no creer no es un vigía, es un gasto. Y el único sitio donde estaría seco es un árbol que ya es de alguien.

Lo que viene de fuera

En las sierras del oeste de Valandor, en el sur de Galendria, en la cordillera central de Rivelan quedan bandas de orcos y goblins de la Gran Invasión, y en el Bosque del Sur de Dágata, dos pueblos enteros, y ésa es la amenaza que un grupo del oeste se encuentra de verdad; cuántos son exactamente nadie lo sabe, y por qué no se sabe está unas líneas más arriba. En el monte alto, trolls, uno cada ciento cincuenta kilómetros cuadrados, cada uno en su trozo. Y en las cumbres, gigantes, que tiran rocas y son lentos de pensar y de moverse. Los tres están en Los Pueblos o en esta página por el mismo motivo: se encuentran en el monte.

Y en el bosque viejo, a la luz manchada, puede haber un Dragón de Bosque, que es de todo esto lo único que no se ve aunque se mire.

Lo que no se sabe

Si queda algún sabrelón. Las canciones lo dan por vivo y nadie vivo lo ha visto en el Reino. Los cazadores de Aventhara dicen que allí sí, y que no son como en las canciones: son más viejos.

Qué es un fuego fatuo. Unos dicen que un muerto que se perdió y quiere compañía; otros, que un pedazo de Torrente que se escapó y no sabe volver. Nadie ha cogido uno para preguntárselo.

Y de dónde salen los licántropos. No es un pueblo ni una enfermedad que se entienda. Se sabe que la plata les duele y que alguien dentro se acuerda de su nombre.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
↑