VII · Lo que habita

Lo que no es de aquí

Todo lo que anda por Eleina salió de la Forja, menos esto. Una aberración no es pariente de nada, no se cruza con nada y lo que engendra no dura una generación. Está aquí porque alguien abrió algo y no lo cerró, y de las dos maneras conocidas de abrir, una se hace bajo tierra con las manos y la otra se hace arriba con la boca. Casi todo lo que sigue está aquí por eso. Lo último de la página, no: son dos cosas que no entraron por ninguna puerta y de las que tampoco se sabe que salieran de la Forja.

Dos puertas · ninguna se cierra sola · ningún parentesco con nada De lo que sube de abajo hay registro escrito. De la canción hay testigos, que es otra cosa.

Las dos puertas

Alguien abrió algo y lo tapió mal. Ninguna de las dos puertas se cierra sola.
Alguien abrió algo y lo tapió mal. Ninguna de las dos puertas se cierra sola.

Conviene no mezclarlas. Se parecen en el resultado y en nada más: una la abrió alguien que lleva siglos muerto, y la otra la abre quien canta, ahora, y sigue vivo mientras dura.

El Torrente mal cerradoEl Réquiem de Umbrosia
DóndeBajo tierra, donde se trabajó sin testigos: cámaras selladas, minas cerradas por otra cosa, obras de la Época OscuraArriba y en cualquier parte. Hace falta una persona y nada más
Quién abreAlguien que canalizó y no cerró. Casi siempre está muerto y casi nunca se sabe su nombreEl que canta. Está vivo, tiene vecinos, y hasta el final parece él
AntesLa piedra está tibia donde no debería y el aire deja de correrLa gente tararea tres notas y no sabe dónde las ha oído. Empieza por los niños
Si se cierraSe tapia, y tapiar no es cerrar. Es lo que se sabe hacerSe calla matando al que canta, y no siempre basta
Lo que saleCosas sin nombre y sin forma estableCosas que fueron alguien, y lo dicen

Y hay un caso que no es ninguno de los dos: las Tres Bocas, al sur de Sálama, donde chamanes orcos abrieron tres portales en el Otoño Negro de 820 y se cerraron el día cuarenta y siete matando a los que los sostenían de este lado. Una puerta abierta a propósito desde fuera y cerrada a tiempo. Treinta años después no crece nada, nadie vive a menos de dos leguas y la Corona no ha puesto guarnición. Están en el territorio del Reino.

Lo que sube de abajo

Lo primero está en cómo se lee una criatura: no se miran. Quien ve una por primera vez se queda parado, y de ahí sólo lo saca que alguien que lo quiere le llame por su nombre. Las que siguen tienen nombre en algún sitio. Las que no lo tienen son más.

Lo que mira desde el pliegue
Un ojo, y detrás no hay cara ni sitio donde ponerla. Se le ve en el agua quieta, en el metal bruñido y en el ojo de otro. Se le vence diciendo su nombre verdadero, y nadie lo sabe.
El que ofrece
No pelea si puede hablar. Sabe qué te falta, lo dice en tu idioma y puede dártelo. Lo que se firma con él deja marca de pacto, de las que cuenta la Corrupción. Se le vence diciéndole que no dos veces seguidas.
El cuarto de más
El plano de una galería enana dice cuántas cámaras hay, y de vez en cuando hay una más. Los de Méleni tapian y anotan; no entran. Siete anotaciones en seiscientos años y ninguna descripción.
El que se queda el nombre
Se lleva cómo te llamas. Tú lo sabes todavía; los demás no, y al tercer día tampoco atan tu cara a nada. Se parece al nombre resbaladizo del Hilo Quieto: aquello es una marca, esto es un robo, y lo robado está en otra parte.

La Cosa del Torrente mal cerrado

No tiene forma propia. Tiene la última que ha visto, y la sostiene mal: un hombre con un dedo de más, un perro al que le falta el codo, un enano con la cara bien y las manos de otro. Copia para durar, y por eso va donde hay gente, que es donde hay formas nuevas.

Qué es
Torrente que salió por lo que alguien no cerró y se quedó fuera, con hambre y sin cuerpo que lo contenga.
Dónde
Cerca de la obra que no cerró, siempre bajo tierra. A media legua de su hueco deja de sostener la forma y se para.
Qué quiere
Seguir siendo algo. No tiene más plan y no le hace falta otro.
Cómo se nota
Alguien del grupo hace algo dos veces seguidas exactamente igual —el mismo gesto, la misma pausa, la misma palabra— y no recuerda la primera.
Qué deja
Un molde: donde ha estado quieta queda en el polvo la huella de algo que estuvo sentado y no pesaba.
Lo que falla
Contar cabezas. Sale el número bueno, porque la de más está copiando a una de las buenas. Sirve preguntar algo que sólo sepa el copiado, y hay que preguntárselo mirándole, porque si no responde el que está delante.

El Devorador de recuerdos

Come lo que se sabe. Lo primero que se lleva es el recuerdo de haberla visto, y con él se va lo que estuviera pegado: el nombre de un hermano, el camino de vuelta, para qué se bajó. De ahí vienen las marcas. Los que bajan a menudo se cortan el antebrazo antes de entrar en una cámara y cuentan los cortes al salir, porque la piel se acuerda de lo que la cabeza ya no tiene.

Qué es
Algo que se alimenta de lo recordado y que, comiendo, borra la única prueba de que estuvo.
Dónde
Galerías hondas y cámaras selladas. Está donde se la ha olvidado, que es donde puede quedarse.
Qué quiere
Comer, y que no se sepa dónde come. Las dos cosas son la misma.
Cómo se nota
Después, no antes. Bajaron seis y suben seis, ninguno sabe qué había en la cámara del fondo, y los seis lo cuentan con las mismas palabras porque es lo único que les queda.
Qué deja
Un hueco con bordes. Quien ha estado delante se queda con la certeza de que le falta algo y sin poder decir qué, y eso no se va.
Lo que falla
Fiarse de la memoria del grupo. Seis testigos que dicen lo mismo parecen seis testigos; aquí son un solo hueco repetido seis veces. Sólo aguanta lo escrito, y hay que escribirlo dentro de la cámara y no al salir.

Lo que deja la canción

El Réquiem de Umbrosia son doce compases que se aprenden de oído y se cantan sin acompañamiento, sin libro y sin maestro. En el oeste nadie sabe la letra entera, y con el principio basta, porque la canción no llama a nada. El que canta abre, y lo que abre es él. Va despacio, tiene fases, y todas menos la última se pueden parar.

El que tararea
La primera fase y la única que se deshace sola. Lleva tres notas metidas y no sabe de dónde. Los sacerdotes de Aedith le cantan otra cosa encima tres días, y funciona casi siempre.
El coro
Una aldea entera con las mismas tres notas. Nadie la empezó y todos la siguen. En Norvia esto se resuelve quemando el pueblo, y funciona, y ése es el peor argumento que tienen a favor.
La segunda voz
Cuando el que canta se altera se le oye una voz debajo, que dice lo mismo con retraso. En Umbrosia es una marca conocida del Pulso. En una aldea de Dágata, donde no hay Pulso que valga, es esto.
El rebaño que vuelve sin pastor
Las ovejas bajan solas al atardecer, completas y tranquilas, y hay una más de las que subieron. La de más come, bala y se deja tocar. A los cuatro o cinco días el corral amanece vacío y sin sangre.
El que pide la letra
Llega educado y preguntando cómo seguía. No canta, porque no la sabe. Por eso pregunta.

El Engendro del Réquiem

Lo que queda de quien cantó hasta el final. Fue alguien, y todavía dice su nombre: lo dice bien, con su voz y con el acento del sitio, y se lo dice a quien pregunte. Quien lo conoció lo reconoce, y ése es el problema entero.

Qué es
Un cantor terminado. La canción acabó de pasar por él y se quedó con lo que había.
Dónde
Donde se cantó. No sale de la comarca en la que terminó, y eso ha salvado a más de un reino.
Qué quiere
Que alguien conteste. Dice el nombre para que lo llamen, y al que lo llama se le queda la canción.
Cómo se nota
Días antes se oye cantar de noche a alguien que no está. La gente sale a mirar las dos primeras noches. A la tercera ya no sale, y eso también se nota.
Qué deja
Los que lo llamaron. No matan, no pelean y no se van: se quedan alrededor cantando bajo. Son vecinos, tienen nombre y hay quien los reconoce, y por eso no hay quien los mate.
Lo que falla
Hablarle. Es lo más razonable delante de algo que llora y dice su nombre, y es justo lo que hace falta para que la canción cambie de dueño. Los de Zarthax que han ido a uno llevan las órdenes escritas y no se dicen nada entre ellos hasta volver.

Lo que no salió de ninguna puerta

Dos cosas que no son aberraciones y de las que tampoco consta que salieran de la Forja. Están en esta página porque no caben en ninguna otra, y tienen algo en común más incómodo que su origen: de las dos hay testigos y de ninguna hay pieza. Todo lo que se sabe de ellas se sabe por la palabra de quien estuvo delante.

Lo de las Ascuas

Las Ascuas son un rosario de conos negros en mar abierto, al suroeste, fuera de toda ruta. No las coloniza nadie y el motivo no es el miedo: no hay una sola fuente dulce fiable en ninguna, y traerse el agua por mar no le sale ni a Cands, que le sale casi todo. Dentro anidan bestias grandes y dragones bestia, que crían en las calderas y bajan a pescar en bandos de tres o cuatro. Eso está contado, está descrito y no lo discute nadie.

Lo otro sí. Los marinos de Cands no se acercan a menos de media jornada, y esa costumbre es lo más firme que hay en aquel mar: se le enseña al grumete el primer día, no la ha roto nunca un patrón con carga y no hace falta recordársela a nadie. Lo que no tiene es motivo. La línea está en los cuadernos de derrota de Cands —media jornada, y ni una palabra al lado—, y el ejemplar más viejo que la lleva es de SEL 1402, doscientos cuarenta y ocho años, y ya la copia de otro anterior. Alguien puso la regla sabiendo algo. El saber se fue y la regla se quedó, y ése es el asunto de esta entrada, no el bicho.

Cuatro han entrado y han vuelto a contarlo en el último siglo.

QuiénQué dijo
Ondil Varsa, patrón de la Mano Rota · SEL 1617Uno solo, en el aire, más largo que su barco. Cruzó del segundo cono al tercero sin batir el ala y le dio tiempo de contar hasta cuarenta. Había visto dragones bestia antes y juró hasta que se murió que no era uno
Beleda Corcis, contramaestre de la Sarda · SEL 1631Cientos, en el agua, del tamaño de una mano, alrededor del casco dos horas largas. No tocaron la madera. El agua estaba caliente y la sonda no daba fondo donde tenía que darlo
El segundo de la Grulla de Algés · SEL 1644Ni en el agua ni en el aire. En la playa negra del cono del sur, una cosa del tamaño de un buey, parada. Pasaron otra vez nueve días después y seguía en el mismo sitio. No quiso dar su nombre al escribano
Tomar Ilbe, pescador de Algés · SEL 1649No vio nada, y es el único de los cuatro que entró a propósito. Lo oyó. Dice que sonaba encima y debajo del agua a la vez, y viró con el agua entera

Entre una mano, un buey y más largo que un barco no hay acuerdo posible, y entre cientos y uno tampoco. El libro no elige. Lo que sí conviene decir es dónde empieza el desacuerdo, porque no empieza entre los cuatro barcos: empieza dentro de cada uno. De la dotación de Corcis, cuatro hombres sostuvieron lo de los cientos y tres declararon que no había nada alrededor del casco y que lo habían mirado. Eso se repite en los cuatro relatos y es el único rasgo que comparten.

Qué es
Cuatro respuestas incompatibles. En lo único en que coinciden los cuatro es en lo que no era, y lo que no era es lo único de aquellas islas que está descrito.
Dónde
Dentro de la media jornada. El sitio y la costumbre miden exactamente lo mismo, y eso o es casualidad o es lo que queda de haberlo sabido.
Qué quiere
No consta. Ninguno de los cuatro fue perseguido y ninguno perdió a nadie. Lo que mata en las Ascuas está contado y es la sed.
Cómo se nota
Después, y por la tripulación. Los cuatro barcos volvieron con la gente discutiendo entre sí lo que acababan de ver juntos, y ninguno de los cuatro patrones consiguió una declaración limpia de su propia dotación.
Qué deja
La regla. Una línea en los cuadernos de Cands, copiada desde 1402 por lo menos, sin motivo escrito al lado y obedecida por todos.
Lo que falla
Ir a resolverlo. Cada viaje vuelve con una versión más y ninguna quita ninguna. Y lo que mata de verdad no es eso: entre los conos el viento se cae a mediodía cuatro o cinco horas, así que la travesía que parece de media jornada son dos, y el agua se calcula para media.

La polilla de la Sima

Bajo las montañas de Elvandor está la Sima Blanca, y de ella sale el Torrente. La caverna está sellada por nueve runas vivas —las siete del Tejedor más Kenn-Brenn y Kenn-Dhurn, las raíces de los dos alientos caídos—, no las talla ningún mortal y sólo las conoce el Consejo de los Nueve. Está en las runas, y nada de lo que sigue lo toca.

En el borde de la única fuente de magia del mundo no vive un monstruo. Vive una plaga, y decirlo así es lo más raro que se puede decir del sitio. El nombre no es de allí: en Elvandor no se le pone ninguno que se diga fuera, y polilla la llaman las dos o tres personas de Valdrinia que saben que existe, con la mala intención de comparar el sello de Arcazet con un arca de paño. A un Alto Elfo no se le dice delante. No se comen el trazo: se comen lo que la runa dice. Una runa comida sigue entera —el trazo está, el material está, el ojo no encuentra nada— y dice menos. Cuánto menos depende de cuántas se hayan posado. Y como es runa viva, lo comido vuelve: en unas horas la frase está otra vez completa. Ése es el consuelo y ése es el problema, porque no queda constancia de nada y la única manera de saber que ha pasado es leer la runa mientras está pasando.

Leerlas sabe el Consejo. Y sabe una clase de persona más, que no es elfa: un enano con oído de veta puede leer las nueve si las tiene delante —es lo único que se le concede— aunque no sepa escribirlas. No consta que haya bajado ninguno. Nadie lo ha prohibido por escrito; sencillamente no se han dado a la vez el enano y el permiso, y llevan mil seiscientos años sin darse.

Qué es
Algo pequeño que se posa en runa viva y come lo que la runa dice. Fuera del Consejo no la ha visto nadie: la descripción que circula son cuatro líneas que los Nueve dieron una vez y no han repetido.
Dónde
La Sima Blanca y ningún otro sitio. Subida a la casa de lectura se para en la primera hora y al día siguiente no hay nada que enseñar, y por eso no hay un ejemplar en ninguna de las doce Torres, en ningún gabinete de Valdrinia ni en la runaria de Méleni.
Qué quiere
Runa viva. Lo tallado no le interesa, dice el Consejo, y no hay manera de comprobarlo: fuera de la Sima no vive lo bastante para posarse en nada.
Cómo se nota
Leyendo, y no hay otra. Ni marca, ni polvo, ni olor, ni la runa cambia de color, ni el aire de la caverna hace nada distinto.
Qué deja
Una runa que dice menos y que vuelve a decirlo entero unas horas después. Nada más, y ése es el asunto completo.
Lo que falla
Copiar para comparar. La copia la hace el mismo ojo que leyó el original, así que un ojo que leyó una frase comida copia una frase comida, y desde ese día la copia certifica que todo está bien. La única comprobación que valdría es una lectura de fuera.

Y ahí está lo que ese sitio le hace a la gente, que es lo que importa y no el bicho. Los nueve asientos de Elvandor son vitalicios y van por función, no por elección. Los Altos Elfos que se cansan se embarcan hacia el oeste y no vuelven, y ése es el final digno de una vida que no tiene por qué acabarse; de los Nueve no consta que se haya embarcado ninguno desde que hay Consejo. Una runa que sólo sabe leer una persona necesita que esa persona esté, y necesita que baje. El gobierno de la magia del mundo es, mirado por debajo, un turno de guardia que no se le puede pasar a nadie. Elvandor no lo ha contado así nunca y tampoco lo ha desmentido, porque nadie se lo ha preguntado con esas palabras.

Lo que se le queda al que trata con esto

Nadie sale limpio, y la Corrupción que dejan es de la familia de los pactos: ata. El reflejo ajeno, la deuda escrita en la piel en letra que no es de aquí, el invitado que ven los perros y los niños. No hace falta firmar: basta con haber aceptado algo, y aceptar incluye haberse quedado mirando. Cómo avanza y por qué no se quita está en la Corrupción.

Aun así hay quien trata con ellas todos los años, porque alguien tiene que ir: los de Zarthax, que entierran lo que queda; la runaria de Méleni, que tapia y anota; y la Torre de la Sombra Larga de Elvandor, que guarda lo prohibido y es la única Torre vigilada por las otras. Ninguno de los tres manda a nadie solo, y los tres escriben antes de entrar.

Lo que no se sabe

Si el Réquiem de Umbrosia y el Réquiem de los Caídos son la misma canción. Del segundo hay un ejemplar único en el templo de Lodrah, en Elvandor, y no se deja copiar; el primero no está escrito en ninguna parte y se aprende de oído. Que dos cosas se llamen igual en dos lenguas distintas puede ser casualidad. En Elvandor no lo tratan como casualidad y tampoco lo explican.

Si el pliegue es una puerta o una ventana. Lo que mira desde él mira desde algún sitio, y una de las tres teorías sobre la urna de Cynara habla de un pedazo de Eleina plegado fuera del mapa. Si desde ahí se puede pasar y no sólo mirar, las puertas no son dos y nadie las ha contado.

De dónde salen las polillas de la Sima. Nadie ha dicho que vinieran de fuera y nadie ha dicho que estuvieran ahí desde el principio, y como no viven a cien pasos de la caverna no hay manera de llevar una a ningún sitio donde se pueda discutir. Lo honrado es decir que no se sabe y no pasar de ahí.

Y cuántas hay abiertas ahora mismo. El registro de galerías tapiadas de Méleni tiene siete anotaciones en seiscientos años, y sólo cuenta las que alguien encontró y tuvo la disciplina de escribir. Khazadorn lleva excavando mucho más tiempo que eso.

El Libro de Eleina 2026-09-25 Aviso legal El reglamento vive aparte, en Umbral
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